Biblioteca de Alejandría

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domingo, septiembre 12, 2010

Sor Natalia (Villiers de L'Isle-Adam)

Este es un cuento que junto con el grupo de lectura al que pertenezco, debemos comentar este sabado, me ha gustado y espero que ustedes tambien lo disfruten.
¡Saludos!

Sor Natalia (Villiers de L'Isle-Adam)



Antiguamente, en Andalucía, en el ángulo de un camino montañoso, se
levantaba un monasterio de la Orden Tercera franciscana; aquel claustro,
aunque a la vista de otros conventos que velaban unos por los otros,
estaba sobre todo protegido por la devoción que imponía entonces el
aspecto de una gran cruz colocada ante la entrada, en la que una campana
tañía dos veces al día. Una capilla profunda, cuya puerta no se cerraba
jamás, se abría sobre tres peldaños, y el camino bordeaba por un lateral
la tapia del monasterio. A su alrededor, llanuras feraces, árboles
aromáticos, hierbas en las cunetas, aislamiento y camino polvoriento.

Un enervante crepúsculo de otoño, en el fondo de la capilla se
encontraba arrodillada, y con hábito de novicia, una joven cuyos rasgos
eran de una belleza suave y conmovedora. Estaba ante una hornacina
situada en un pilar de cuya bóveda colgaba una solitaria lámpara dorada
que iluminaba una Virgen con los ojos bajos y las manos abiertas,
dispensando gracias radiantes, una Virgen celestial en actitud de /Ecce
ancilla/.

Desde el camino, y por las vidrieras opuestas, se oían subir las notas
frescas y sonoras de un cantor de serenata acompañado de una bandurria
cordobesa. Las lánguidas frases, ardientes de pasión, de audacia y de
juventud, llegaban hasta la iglesia, hasta sor Natalia, la novicia
arrodillada que, con la frente apoyada sobre los brazos cruzados a los
pies de la Señora, murmuraba con voz desolada:

-Señora, bien lo ves: estoy llorando y te suplico que no me prives de tu
compasión, pues no es sino desfallecida y angustiada -y con tu santa
imagen en el fondo de todos mis pensamientos- como me voy a exiliar de
aquí. ¡Oh, Reina de la pureza! ¿Tendrás piedad de la que, por un amor
mortal, deserta del pórtico de la salvación? ¿Estás oyendo? Esa voz, en
su ferviente fidelidad, me está implorando. Si no voy, ¡él va a morir!
¿Cómo condenar los desvaríos que ha soportado tanto tiempo sin esperanza
y sin queja? ¿Cómo persistir en no consolar al que tanto ama? Tú,
Señora, que sabes cuánto te amo, y cómo me reconforta venir aquí cada
tarde a suplicarte, perdódanme. Aquí está mi velo, aquí la llave de mi
celda; a tus pies los deposito. Pero, ¡no puedo más, me ahogo... esa
voz... me atrae... adiós, adiós!

De pie, vacilante, sin atreverse a levantar los ojos, sor Natalia dejó
la santa llave y el velo a los pies de la azul Señora de dulce rostro de
luz, de ojos bajados y a la vez dirigidos hacia ¡qué cielos y qué
estrellas! Luego, apoyándose en los pilares, llegó hasta la puerta y
después de un instante la abrió: descendió los peldaños y se encontró en
el camino que se prolongaba hasta la lejanía, bajo la claridad de una
gran luna que iluminaba el campo.

-¡Juan! -llamó.

Al escuchar esta llamada apareció un joven, de perfil dominador y mirada
ardiente de alegría, que saltó del caballo y envolvió con su capa a la
que, por fin, había venido hacia él.

-¡Natalia! -dijo.

Y, sujetándola acurrucada entre sus brazos sobre el caballo, partieron
veloces hacia la casa solariega cuyas torres se perfilaban a lo lejos
bajo las sombras lunares.

* * *

Transcurrieron seis meses de fiestas, de amor, de encantadores viajes
por Italia, a Florencia, a Roma, a Venecia: él feliz y ella con
frecuencia pensativa, pues las caricias de su ardiente raptor, aunque
amorosas y embriagadoras, no eran las que la inocencia de su corazón le
había hecho esperar. De repente, de regreso a Cádiz, una mañana soleada,
sin que una sola palabra la hubiera advertido, se despertó sola, sin
anillo nupcial, sin la alegría de un hijo siquiera; su amante, cansado
de ella, había desaparecido. Con un profundo suspiro, la joven dejó caer
el sombrío billete que le anunciaba la soledad, pero no se quejó pues
estaba resuelta a no sobrevivir. En pocas horas, tras haber distribuido
entre los pobres el oro que le quedaba, en el momento preciso de
librarse de la vida, un pensamiento, un cándido pensamiento se adueñó de
ella: quería volver a ver, sólo una vez más, una sola, a la Señora de
antaño para darle el supremo adiós. Por lo que, vestida de penitente y
mendigando algo de pan por el camino, se dirigió al monasterio, hacia la
capilla más bien, pues ya no podía volver a entrar junto a las vírgenes
fieles. Tras unos cuantos días de camino y cuando oscurecían los tonos
azulados de un hermoso atardecer resplandeciente de astros, llegó
temblorosa y extenuada ante al santo lugar.

Recordaba que, a esa hora, sus antiguas compañeras se hallaban retiradas
en oración en sus celdas, y que, bajo los altos pilares, la iglesia
debía hallarse tan desierta como la noche del rapto. Empujó pues la
puerta y miró: ¡no había nadie!, sólo allá lejos y bajo la lámpara
siempre encendida, la Señora. Entró y, de rodillas, avanzó sobre las
blancas losas, hacia su celestial amiga e, inclinada y sollozando, dijo
al llegar a los pies de Aquella que perdona:

-¡Oh! ¡Señora! ¡No merezco clemencia! Cuando la tentadora voz me
suplicaba, no sabía, no sabía cuánto abandono, cuánto oprobio reserva el
amor mortal ¡Qué vergüenza! Voy a morir pues, desterrada de cualquier
asilo de los míos, sobre todo de aquí... ¿Cuál de tus hijas, ¡oh Madre
mía!, no me recibiría con un gesto de espanto si me viera en esta
capilla? ¡He perdido la esperanza queriendo consolar a otro..!

* * *

Entonces, cuando las silenciosas lágrimas de Natalia caían sobre los
pies de la Divina Elegida, la joven dirigió una mirada suprema, repleta
de adiós, hacia la Señora, y se sobresaltó con súbito éxtasis, pues vio
que los sagrados ojos la miraban, que los labios de la estatua se abrían
y que la celestial Señora le decía dulcemente:

-Hija mía, ¿no lo recuerdas? Antes de dejarnos me confiaste tu velo y la
llave de tu celda. Te he reemplazado pues aquí, realizando bajo ese velo
todas las tareas que exigen tus votos, ninguna de tus compañeras se ha
percatado de tu ausencia, toma pues lo que me confiaste, regresa a tu
celda, y... no te marches nunca más.

FIN

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