Biblioteca de Alejandría

Biblioteca de Alejandría
English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

this widget by www.AllBlogTools.com

domingo, noviembre 25, 2012

Capítulo 33: Todo lo que eres

 
Cyan eyes
La habitación está en total silencio tal y como están mis pensamientos en estos momentos. Lo único que se puede escuchar es el sonido del aparato que mide los latidos del corazón de Cori. Luego de eso… nada. Ni tan siquiera nuestra respiración. Es tan sofocante, tan pesado este silencio, tan suicida que me recuerda vagamente a mi habitación.
Cori está dormido. Tiene cables por todos lados, está pálido y tiene tubos que entran por su boca para ayudarlo a respirar. Un catéter en su mano izquierda y un pequeño y cuadrado aparatito con forma de clip en su mano derecha terminan de darle ese aspecto tan demacrado. ¿Cómo ha sucedido esto? Si ayer… ayer estaba bien, no se le notaba enfermo e incluso nos la pasamos jugando videojuegos. ¿Es esto una broma de mal gusto?
—Deberías de descansar un poco—me sugiere Kathy—. Ya casi son las tres de la madrugada y no has dormido nada.
He estado al lado de la cama de Cori, esperando, simplemente a la expectativa de que despierte, que abra sus ojos y poder ver esas pupilas verdes nuevamente… pero aun no sucede, y mientras no pase no pienso moverme.
Los padres de Cori están acá, con los ánimos tan decaídos como los míos. Karla está aquí, André, Kathy, mis padres… todos están en el hospital y nadie ha querido retirarse. Incluso Casey ha avisado que no tardará en venir con el hermano del padre de Cori. Y no es para menos… es de Cori de quien estoy hablando y quien está enfermo.
—Me quedaré aquí, no te preocupes—le digo con un inminente deseo de permanecer al lado de Cori—. Esto es lo menos que puedo hacer.
—Si no lo haces, incluso preocuparás a Cori, Sasha—me dice André que ha permanecido de pie por un largo rato, limitándose a observarme y a observar a Cori.
—Ve y descansa—me vuelve a sugerir Kathy—. Ve con Karla a descansar aunque sea al sofá en la sala de espera. Nos quedaremos con André aquí.
—Prefiero quedarme—se defiende Karla—. No estoy cansada.
André y Kathy nos miran un tanto preocupados, pero deciden ya no insistir más en el asunto. No es que tenga deseos de salir de acá, la verdad no quiero hacerlo. No en estos momentos en los que no sé que está pasando con Cori exactamente. Me preocupa demasiado como para poder apartarme de él por unos segundos, y es, seguramente por lo mismo, por lo cual Karla no se va a descansar también. La comprendo, puedo entender su tangible necesidad de percibir como el tiempo pasa con la esperanza de ver mejor a Cori, a sabiendas que es incierto el estado de salud de él.
—Iremos por un poco de café a la cafetería—nos dice Kathy, cogiendo a André por el brazo—. Así podremos soportar más el cansancio.
—No es necesario que se queden, chicos—les dice la señora Woller—. Si lo desea, pueden regresar a casa a descansar.
André niega con su cabeza y le dedica una sonrisa consoladora que para estos momentos es tan necesaria.
—No se preocupe Cecilia—le dice André—. Esto… esto nos concierne tanto a ellos como a nosotros.
Dicho esto, André y Kathy salen en busca del café y volvemos a quedar solo Karla, Cecilia—la madre de Cori—, el padre de Cori, Cori y yo en está silenciosa habitación. Mis padres están afuera hablando con los médicos en busca de una solución. Al ser genetistas tienen ciertas influencias sobre bancos de donantes para este tipo de situación y están viendo la posibilidad de poder conseguir lo más pronto posible el trasplante de medula que se necesita. Pero, esto, al igual que el caso de Emily, es una bomba de tiempo en la cual desconocemos el cronometro regresivo.
—Deberían hacerle caso a sus amigos—nos dice Henry, el padre de Cori—. Si no descansan apropiadamente pueden enfermarse.
—No se preocupe señor—nos excusa Karla—. Tenemos un buen aguante. Esto no es nada comparado con las tantas veces que nos hemos quedado despiertos los tres, tonteando y viendo películas.
Henry sonríe y puedo notar en su gesto cierto aire de satisfacción por las palabras de Karla. Creo no equivocarme al decir que esa satisfacción surge del hecho de que estamos aquí por iniciativa propia, una iniciativa alimentada por Cori, y que eso, en gran medida, le hace notar al padre de Cori que su hijo no está rodeado de cualquier tipo de amigos, sino, de nosotros. Puede también que me equivoque en cuanto al gesto de Henry, pero cabe la posibilidad que esté en lo correcto al afirmar esto. Más sin embargo, este gesto por su parte no lo excusa de muchas cosas que tengo para reclamarle. Aun hay demasiado que debe de tragarse a la fuerza, aun hay mucho que tengo que echarle en cara respecto a su actitud para con Cori. No es el momento, pero un día lo será, y será entonces cuando pueda decirle lo tanto que lo detesto. Lastimar a Cori… de esa manera en la que lo hizo… no, por mas que lo intente no puedo perdonarlo, me es imposible. Aun tengo bien claras aquellas imágenes en las que visualizo a Cori lleno de golpes y llorando, quejándose de su vida y deseando no tener que haber nacido. Aun no se me olvida esa sensación tan hiriente del llanto de Cori, esa sensación de tener entre mis brazos el cuerpo de Cori que se contrae en cada sollozo, es esa misma sensación la que ahora me recuerda que tengo tantas descaradas acusaciones que debo de hacerle a Henry por esa tan bestial conducta que tuvo, y no estaré tranquilo hasta que sepa lo que pienso al respecto.
—Si desea, Cecilia, puede ir a descansar—musito, tratando de aminorarle un poco una carga que sé que es mas grande de lo que aparenta y de la que puede cargar en estos momentos. Se trata de su hijo y no es para menos—. Karla y yo nos quedaremos acá hasta que vuelvan.
Ella niega con su cabeza y con una mirada tan devastada por la situación me hace comprender que ella, al igual que nosotros, desea permanecer lo mas que pueda junto a Cori. Sé que no puedo comprender en su totalidad la manera en la que la madre de Cori se siente en estos momentos, pero pasar nuevamente por lo mismo ha de ser lo más doloroso que seguramente ha podido sucederle. Primero su hija menor, y ahora, Cori, que es el único hijo que le queda.
Emily… Emily era una niña dulce. Siempre traía consigo un aura de luz que desbordaba en alegría y felicidad que te contagiaba. Era ella, siempre era ella por quien nos preocupábamos, y nos encantaba hacerlo, era ella por quien ahorrábamos el suficiente dinero para ir a comer hasta vomitar, era por ella que a pesar de haber dejado la etapa de la niñez hacia unos cuantos años aun seguíamos divirtiéndonos con cosas de niños…y nos encantaba.
Un día esa luz… se apagó.
Fue un golpe duro para todos, en especial para Cori. Amaba tanto a Emily. Ella era el objeto de su incondicional amor. Era ese afecto de hermano mayor que Cori le demostraba con tanto fervor hacia Emily, ese cariño tan desbordante que pudimos percibir tantas veces cada vez que hablaba con ella, cada vez que la cuidaba, cada vez que la mimaba… ese mismo afecto que no se podrá encontrar en otra persona, un día, tuvo que cesar a causa de una enfermedad de lo mas cruel. “Que injusta es la vida”—pensé en aquel día en el que sepultaron a Emily. Lastimosamente… esa afirmación aun la sostengo, pero con la diferencia que ahora puedo decir que es solo a veces.
Ver a Cori así, tan indefenso e incapaz de valerse por si mismo hace que muy en mis adentros me sienta un tanto vacío, como si una de esas partes que siempre tuve faltara en estos momentos. Pero Cori sigue aquí, y sé que no es eso lo que me falta, sino tal vez es ese valor que siempre infundió él en mí. Esa sensación de seguridad que siempre me proporciono siempre que estuvo a mi lado. Pero debo de comprender que es él quien ahora necesita de mí para sentirse de esa manera y trato, lo mejor que puedo, intentando traspasar mis propios limites, de darle ese mismo sentimiento que él tantas veces me transmitió. Es solo que tengo aun el leve reclamo de mi conciencia que me dice que no lo estoy haciendo bien. Pero entonces ¿Cómo debería de hacerlo? Posiblemente solo sean desvarío míos, aun así, necesito que él lo sienta, tal y como yo lo sentí alguna vez y que sepa que de la misma manera en que él me cuido, de esa misma manera pienso yo hacerlo.
Mis padres han regresado, y tal parece que tienen noticias al respecto. Mi padre, justo al atravesar la puerta y verme sentado junto a Cori, me dirige una mirada de compasión. Me sonríe. Sé que con este gesto solo trata de decirme que todo estará bien, pero también sé que puede que él esté equivocado. Mi madre se acerca y le murmura unas cosas a los padres de Cori al oído. Ellos se ponen de pie, se acercan a la cama donde Cori se encuentra descansando, y, vacilando, su padre besa su frente mientras que su madre su mano. El rostro lleno de cansancio de Henry, oculta tras esas ojeras, un dolor que es tangible para cualquiera. Sin mencionar esa sensación de vacío y remordimiento que transmite Cecilia, la madre de Cori, cada vez que la miramos a los ojos. Ambos están devastados.
—Por favor—musita Cecilia—cuida de Cori.
Ella me mira fijamente por unos segundos y puedo notar como intenta retener por la fuerza unas lágrimas que justo antes que asomen por entre sus parpados, las enjuga, haciendo parecer como si aun puede ella mantenerse fuerte. Me limito a asentir, y estoy a punto de ponerme de pie y abrazar a Cecilia, y de decirle cuanto comprendo su dolor, decirle que puede desahogarse y llorar y que es lo que mejor debería hacer. Retener esto consigo misma solo la pondrá más mal. Pero no soy quien para hacerle tal sugerencia, pues en mis adentros, al igual que ella, estoy reprimiendo tantas cosas que de un momento a otro puedo explotar y desmoronarme en miles de fragmentos. Seguramente ella ha notado la misma preocupación en mí, y extiende su mano para acariciar mi mejilla que seguramente están pálidas por el desvelo. Luego de esto…ellos se retiran, siguiendo al doctor que de la puerta solo se ha limitado a observar la escena que lejos de ser conmovedora solo termina haciéndonos sentir más impotentes por no poder hacer nada.
—Hago todo lo que puedo, hijo—me susurra mi madre al oído, dándome un abrazo justo antes de retirarse—. Esto tampoco es fácil para mí.
—No quiero perder a Cori, mamá—mascullo entre un sollozo ahogado—. No quiero…
Ella se separa, y luego de una lastimera mirada, se dirige a Karla a quien abraza sin contenerse y le dice unas cosas susurradas al oído que no alcanzo a escuchar. Mi atención está tan fija en Cori que lo demás me importa poco. Nos dirige, a los tres, una ultima mirada y se retira, sin poder alentarme o alentar a Karla más. Comprendo por qué no lo hace. Decirnos que eso no sucederá, que Cori mejorará, posiblemente solo logre establecer una mentira, una mentira que hasta el momento, en el fondo de mi alma, anhelo que no se vuelva verdad. Solo quiero que Cori se recupere.
Siempre he pensado que soy una ser muy injusto. Desde que conocí a Karla, desde que conocí a Cori, desde que los tengo a ambos no he hecho más que rogarle a Dios porque los mantenga a mi lado, porque cuide de ellos, porque sean felices. Desconozco la verdad si Dios me escucha, pero me gusta creer que lo hace. No soy una persona religiosa, pero eso no significa que en mis adentros no crea en ese ser tan divino que, a mi ver, resguarda en si el futuro que me depara. Dios. Una palabra, un nombre, un adjetivo… no lo sé. Dios solo es Dios, y con eso me basta para decir que a mis ojos Él existe…aunque no pueda verlo. Y es con Él con quien siento que soy injusto. Por cada cosa que le pido le ofrezco una a cambio, y de cualquier manera, las cosas llegan, y le agradezco por ello. Luego de eso solo me limito a hablar con Dios, sin ofrecerle más que mis palabras y una disposición para entablar ese monologo en el que yo hablo y Él se limita a escucharme. Sin embargo, en ese monologo en el que extrañamente nunca me he sentido solo, me he puesto a pensar detenidamente en contadas ocasiones, que solo recurro a Dios en casos en los que le necesito, mientras que Él, a mi parecer, me entrega de manera incondicional la felicidad que anhelo sin necesidad de que se la pida. Es entonces cuando me hago la pregunta: ¿Por qué Dios me da algo, sin antes haberle ofrecido yo algo a cambio? Esa pregunta tan banal ha surcado mi mente desde que tengo uso de razón y aun no he podido responderla. ¿Por qué no puedo ofrecerle a él yo, algo valioso, sin pedirle nada a cambio?—Me he preguntado a mi mismo tantas veces que ya perdí la cuenta. Lo único que he podido concluir en ambas preguntas es que Dios no es bueno, ni malo, simplemente es justo. Sin embargo, eso no responde a mis interrogantes. De ahí mi concepción injusta sobre mi.
Tal vez el ateísmo sea una solución a mis dudas. Sin embargo no me concibo como tal. Tengo mis serias dudas sobre el ateísmo. Pero, respecto a aquellas personas que han adoptado la posición atea, y que no creen en nada, sepan que tengo una opinión al respecto, y es que a mis ojos, los ateos no existen. Pido las más sinceras disculpas si alguna vez ofenderé a alguien por esto, pero creo que la palabra ateo está mal definida en el diccionario y mal explicada. Sin embargo, no puedo contradecirles respecto a su posición de la no creencia en Dios, o en cualquier otra deidad, incluso la negación de que existe, pues no soy nadie para comprobarles que el Dios en quien yo creo existe realmente, ni tengo pruebas mas que la propia confianza que tengo en mi mismo de que ese Dios en el que creo realmente tiene cabida en esta realidad. Y eso no es suficiente, no para muchos. Pero creo conveniente mencionar que lo mas correcto en estos casos es decir que es suficiente para mi, así como es suficiente para los demás con la explicación que tienen para si mismos sobre sus creencias. Dejaré esto así, no pienso pensar más de lo que debo, pues los excesos nunca han traído nada bueno. Cada quien con su opinión y habrá que ser respetada. Al fin y al cabo fuimos dotados—ya sea por evolución o por creación divina—de un cerebro y una boca para pensar y decir nuestras ideas, pero hay que educar esos instrumentos y utilizarlos con moderación.
¡Bah! Qué más da, al fin y al cabo solo soy un chico de 17 años… nadie grande ni importante a considerar. Todo dependerá de quien quiera escuchar mis vulgares pensamientos.
El teléfono móvil de Karla suena, con ese típico tono de las voces nuestras—la de Cori, la de Karla y la mía—anunciando que está recibiendo una llamada. Hace ya un buen tiempo que grabamos ese sonido un día de tantos que no teníamos que hacer, y hasta ahora, ha perdurado como el tono de llamada del celular de Karla.
—Es mi madre—anuncia ella, sin muchos ánimos de contestar—.
—Deberías responderle. Se preocupará si no lo haces—le sugiero.
Ella duda por unos segundos, pero luego de que el tono se repite por tercera vez, decide salir de la habitación y responder, quedándonos únicamente Cori y yo en la habitación.
Otra vez silencio.
Este silencio… duele.
Las manos de Cori están un poco pálidas. Me pongo de pie y me siento en el borde de la camilla donde Cori se encuentra, levanto mis manos y sin pensarlo dos veces cojo su mano, entrelazando mis dedos con los de él. Siguen suaves, y levemente puedo sentir su pulso hacer presencia en mi muñeca. Un leve suspiro, casi como un quejido, logra advertirme que Cori está despertando. Puedo sentir como, Cori, vacilante, aprieta mi mano y reacomoda sus dedos por entre los míos. Se siente tan…de Cori.
Levanto la mirada y, ahí, justo por encima de su mentón, logro ver la otra mano de Cori que despega un esparadrapo que sostiene el tubo que entra en su boca para ayudarle a respirar. ¿Qué… ¡qué hace!?
—¡Déjalo ahí, Cori!—le exclamo con preocupación.
El niega con la cabeza, frunciendo su ceño y soltando otro quejido. Sin mucho esfuerzo termina de despegar el esparadrapo y saca un tubo de algunos ocho o diez centímetros de su boca, provocándole arcadas. Tose y vuelve a recostarse.
—¿Pero qué haces?—le reclamo con el mismo tono preocupado—. Estás mal, no debes quitarte nada de esto. ¡Puedes empeorar!
Se queda en silencio por unos segundos más, recostado y con los ojos cerrados. Su mano, que comienza a ponerse tibia, aprieta con un poco más de fuerza la mía. Aun sigue pálido.
—Sigues débil, Cori. Llamaré a la enfermera para que te coloque ese tubo.
Me pongo de pie, pero justo al querer soltar su mano, él me detiene, y esta vez no es como las anteriores. No, esta vez es por la fuerza, haciendo que vuelva a sentarme a su lado. Curiosamente…sigue siendo igual de delicado con cada gesto.
—Déjalo—me dice con un hilo de voz bastante tenue—no lo necesito.
—A mi no me lo parece.
—Si te digo que no lo necesito—me reta, con un tono de voz un poco más fuerte, pero sin dejar de ser débil— es porque no lo necesito.
—No estoy para tonterías. Iré por la enfermera.
Intento nuevamente soltarme pero él vuelve a retenerme. ¿Qué pretende? ¿A caso no se da cuenta que su vida peligra?
—Si te vas voy a morir, Sasha—musita con exhalación—. ¿Quieres que muera?
—¿Pero qué dices Cori? ¡Por supuesto que no quiero que mueras! Pero si sigues así…si sigues de esta manera… tú…
—Solo quédate—vuelve a susurrar, con un sollozo débil, halándome contra si, envolviéndome con sus brazos y recostándonos a ambos nuevamente en la camilla—.
Todo vuelve a quedar en silencio. Pero este silencio es distinto. Ya no es tan hiriente.
Puedo sentir como el pecho de Cori sube y baja, con parsimonia. Entre cada respiración que puedo percibir a la perfección se dejan escuchar los latidos de su corazón. El abrazo se siente cálido. Se siente tan acogedor. Abrazar a Cori… amo hacerlo.
Ahora es mi turno. No puede siempre ser así, no debe de ser siempre de la misma manera. ¿Por qué siempre es Cori quien toma la iniciativa? ¿Por qué no yo? Lo amo tanto, pero hasta ahora he sido incapaz de exteriorizarlo tan fluidamente como él lo hace. No me voy a retener, no ahora, no más.
Sin detenerme a pensar en lo que pueda pensar Cori, sin detenerme a pensar en lo que pueda pensar quien sea que en cualquier momento se le ocurra cruzar esta puerta y sin prejuicio alguno, lo abrazo. Extiendo mis brazos y los paso bajo su nuca, levantando su cabeza y su torso, trayéndolo contra mi pecho y presionándolo contra mi cuerpo sin ser muy brusco. La cabeza de Cori queda justa a la altura de mis clavículas. El cabello de Cori es tan suave. Puedo sentir su aliento rozar la piel que sobresale por el cuello de mi camisa, todo en una etérea sensación de perfección.
Respiro y exhalo con lentitud, reteniendo este momento lo más que puedo.
Así que de esta manera se siente. Es de esta manera como Cori siempre se sintió cada vez que lo hacía. Es una sensación de ser lo único que protege a lo más importante en tu vida de cualquier cosa que pueda dañarlo. Es una sensación de calidez que puedes transmitir pero que también puedes recibir. Se siente como si tu alrededor dejase de existir y te enfocaras solo en lo que tus brazos envuelven. Dentro de mi se acumulan un mar de emociones que tratan de impulsarme a hacer una infinidad de cosas, cosas como mantener a Cori entre mis brazos, cosas como sentir el olor de su piel, de su cabello, sentir los latidos de su corazón, querer mirarlo a los ojos, besarlo, cosas como querer retener este momento en un espacio de tiempo detenido, cosas como el deseo latente de susurrarle al oído que lo amo, cosa que no me hago esperar y se lo repito tantas veces como el aliento me alcanza.
—Te amo, Cori—le susurro al oído—te amo como jamás he amado a nadie.
Con lentitud y cierta timidez que por primera vez puedo percibir, él alza sus brazos y se aferra a mi espalda.
—Tengo miedo, Sasha—murmura entre sollozos.
—No temas Cori, todo estará bien—trato de consolarle, haciendo un enorme esfuerzo por mantener mi voz en una pieza y que no se venga abajo en sollozos.
—No, Sasha, no estará bien—me dice con la voz quebradiza—. No sucederá, no pasará nunca.
—¿Cómo puede decir eso?—le digo abrazándolo con más fuerza. Los ojos han comenzado a arderme—. Mejorarás. Saldrás de aquí y podremos regresar a esa vida normal que tanto nos gusta.
Nos quedamos en silencio por un rato, yo ensimismado en mis pensamientos, y Cori… Cori como siempre, desconozco lo que piensa. ¿Por qué me comienzo a sentir inseguro a estas alturas? ¿Por qué no desde un principio que Cori me hizo saber lo de su enfermedad? ¿Es que acaso teníamos que llegar a esto?
—Te amo, Sasha—musita finalmente. Su voz se ha convertido en un llanto que trata de ahogar lo más que puede—. Amo tu voz, amo tu mirada, tus palabras, tu manera de ser, tu manera de pensar… amo todo de ti. Dejar esto… es lo último que quiero.
—Te amo más de lo que puedes imaginarte—le susurro ahora entre espasmos que esconden mis sollozos.
El cuerpo de Cori tiembla, puedo sentir su abdomen contraerse entre cada sollozo cargado de lagrimas que han comenzado a empapar mi pecho.
—No quiero morir, Sasha, tengo miedo. No quiero dejar todo lo que amo.
Morir. Esta palabra hace eco en mi débil carácter provocando que de un momento a otro me desmorone en un llanto que no puedo contener más. Las lágrimas han comenzado a rodar por mis mejillas y los espasmos de mi cuerpo hacen presencia por mis sollozos.
—No pasará, Cori, no pasará. No puede pasar… no debe de pasar—mascullo entre mi quebrado aliento por el llanto—. Eres todo lo que tengo, y todo lo que eres…todo lo que tú eres es todo lo que siempre necesité, y amo lo que eres, amo como eres, amo cada cosa de ti.
Otro silencio, un silencio en el que solo puedo escuchar los exhalantes sonidos del llanto de Cori que aun sigue tratando de contener.
Beso la frente de Cori, tal y como él suele hacerlo cuando trata de calmarme. Intento en la mayor manera posible de transmitirle el apoyo que necesita. Necesito que lo sienta…
—¿Qué hice yo, Sasha?—musita finalmente—¿A caso soy una mala persona?
—No Cori, no lo eres.
—¿Emily era una mala persona, Sasha?—inquiere con una voz entrecortada por sus sollozos.
—No, Cori, Emily… Emily era una buena niña.
—Entonces… ¿Por qué nos ha sucedido esto?—reclama con un hilo de voz lleno de culpabilidad. Una culpabilidad que no distingo si se la atribuye así mismo o a alguien más.
—No lo sé, Cori, no lo sé—le respondo, quedándome yo con la misma interrogante, una interrogante que hace tiempo estoy tratando de responder. Me siento tan impotente por no poder ayudarle aunque sea en eso.
Me separo un poco de Cori y lo miro fijamente a los ojos, colocando mi frente contra la suya, manteniéndonos en un dialogo visual en el que sus empapados ojos hablan y me transmiten un miedo tangible que penetra cada poro de mi cuerpo y lo estremece.
—Vamos a estar bien Cori—le susurro sin dejar de mirar sus verdes ojos—.
Vacilante, y con lentitud, con mis mejillas ruborizadas y con el rostro sonrojado de Cori, dejo salir un beso que necesitaba sacar. Un beso que no llega a los excesos pero que tampoco es simplón. Puedo sentir los labios tibios de Cori entrelazarse con los míos, puedo sentir su suavidad y su aliento que me envuelve y momentáneamente me llena de paz. Siento como si mi tiempo se detuviese, como si todo lo demás no importase.
Con delicadeza, trato de prolongar este beso lo más que puedo, intentando retener conmigo lo más que puedo de Cori. Él me rodea con sus brazos, colocándolos tras mi nuca y tomando mi cabeza por detrás, atrayéndome mas contra él como quien intenta que aquello se mantenga así. No me niego y hago caso omiso al invasivo pensamiento de que alguien puede entrar y vernos. No me importa, ya a estas alturas el amor que siento por Cori es más grande que cualquier reclamo que alguien pueda darme por ello.
—De amor nadie vive, Sasha—murmura, separando sus labios de los míos con una lentitud palpable, como si no quisiera detenerse—. Pero contigo… contigo podría vivir de lo imposible.
Sonrío. Una leve sonrisa que extrañamente no es fingida, sino mas bien, cargada de una felicidad desmesurada que brota por sus palabras. Siempre es Cori, siempre él, todo lo que él es, todo lo que él hace, todo lo que él dice… es felicidad para mí.
Con una mano comienza a enjugar mis las lagrimas que ya han dejado de brotar gracias a él. Me sonríe. Una hermosa sonrisa que ilumina su rostro y que solo provoca que me sonroje. A mis ojos, y dejando de lado cualquier consideración física, Cori es…hermoso. Lo dije una vez, y puedo decirlo las veces que sea necesario. Se supone que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y si Karla y Cori son como Dios…entonces puedo concluir que Dios es hermoso.
Él se recuesta nuevamente en la camilla y se cubre con los antebrazos sus ojos y mejillas que yacen sonrosadas. Vuelve a sonreír.
—Me haces pasar vergüenza—me dice entre una pequeña risa que ha dejado escapar—. Mira todo lo que me has hecho decir.
—No…no eres el único avergonzado aquí—le refunfuño.
Mi rostro está tibio…sonrojado seguramente. El destapa sus ojos y me mira fijamente frunciendo su ceño.
—Aun así, te sigo amando—murmura con seriedad. Luego vuelve a sonreír.
Me altera. Esta actitud de cori… ¡Me altera! En el buen sentido, provocando que desvíe mi mirada, una mirada que tras si esconde una felicidad que desborda gracias a sus palabras.
—Mejor…mejor descansa. Lo necesitas.
—¿Te quedaras?
—Estaré aquí todo lo que pueda. Cada tanto vienen los doctores a examinarte y tenemos que salirnos de la habitación.
—Si de cualquier manera te quedaras…entonces estaré bien. No me importaría esperar unos minutos a que me trasteen para verte de nuevo.
—Eres un pervertido—le digo dejando escapar una pequeña risa.
El ambiente pesado ha desaparecido. Todo se siente tan liviano. Es…acogedor.
Cori repentinamente se queda en silencio, mirándome fijamente a los ojos con un semblante serio. Baja su mirada y noto como vuelve a sonrojarse. Comienza a jugar con sus pulgares, como si estuviese nervioso.
—¿Quieres… quieres que te cuente una cosa? —me dice con nerviosismo
—Si quieres decírmelo soy todo oídos.
—¿Prometes no molestarte?—me interroga con una mirada sumisa.
—Espera. ¿Fuiste tú quien se bebió mi té helado hace unos días?—le rezongo.
—Claro que no—me contesta con el mismo tono refunfuñón—. Bueno… si. Fui yo—acepta finalmente—. Tenía sed.
—Debería darte un zape en la nuca.
—Deberías decirme que me amas.
—Te amo—le digo, concediéndole su petición. Cosa que no era necesario que me lo pidiera. Ya hace un buen rato que quería decírselo.
—Y yo a ti.
—¡Oye! Deja de sonsacarme que te amo de esa manera.
—Bien, bien—me dice mofándose entre risas—. Regresemos al punto inicial. No hablaba de tu té helado.
—¿A no?
—No. Más bien… es algo que debía contarte. Algo que me sucedió hace ya días. Meses tal vez.
—¿A sí? ¿Y qué fue?—pregunto con curiosidad.
—¿Prometes no molestarte?
—Ya dije que no me molestaría, Cori—le digo con impaciencia porque me cuente.
—Bien. Este…veamos, por donde comienzo. Emmm, ammm… ¿Recuerdas esa conversación que tuvimos hace días respecto… respecto al sexo?
Bien, esto me ha tomado por sorpresa. Fue una vergonzosa e incomoda conversación la verdad. Que…que pena.
—Si—le contesto un poco trastornado. Con mi rostro tibio—. Lo recuerdo. No me vayas a salir con que te tiraste a alguien, porque a estas alturas ya no vale.
—¡No, no!—se apresura él a corregirme—. Es otra cosa.
—¿Entonces qué es?
—Pues, verás…—continúa Cori—justo cuando comenzábamos a salir…—hace por un rato un breve silencio, un silencio que solo logra impacientarme—… soñé que hacíamos… que hacíamos cosas pervertidas—musita finalmente, con un rostro plenamente sonrojado y sin dejar su nerviosismo.
Me quedo inmóvil, casi pasmado por lo que me acaba de decir. Es un poco extraño. No sé como debería de reaccionar ante esta revelación tan peculiar. ¡Carajo! Ya me incomodé.
—Con “pervertido” te refieres a…bueno, tú sabes, a…
—Este…emmm, sí, ammm, teníamos… sexo—me dice, mirándome fijamente, a la expectativa de mi reacción.
Por mi parte, desconozco que pensar al respecto. ¿Debería de decirle que estuvo mal o que estuvo…bien? Bueno, no es como si los sueños se pudiesen controlar.
—Este…
—Bien, bien—me dice apresuradamente—lo siento, no era mi intención. Es solo que no sé como pasó y yo…
—Vamos, no es para tanto—le digo tratando de calmarlo…y calmarme a mi mismo—.
—Si, lo es—recalca— No sabes…—me dice sonrojado, haciendo un breve silencio—…no sabes cuanto me gustó ese sueño.
—Te… ¿gustó?— musito. Esto me ha descolocado en su totalidad.
El asiente, haciendo leves movimientos con su cabeza, en silencio.
—¿¡Qué? ¡Espera, espera!—advierto apresurado—. ¿Quién era el pasivo?
El me mira con desconcierto, dudoso de si responderme o no.
—Bueno, si quieres saberlo… el pasivo…
—No, sabes qué—me adelanto a interrumpirlo—. Mejor déjalo así, prefiero…prefiero quedarme con la duda.
—Pero…
—¡Dije que quiero quedarme con la duda!
Dicho esto nos volvemos a quedar en silencio, él mirándome a la expectativa de cualquier cosa y yo dirigiéndole miradas de reojo, sonrojado.
—¿Estás molesto?—me dice un poco apenado.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro—le respondo.
Otra vez silencio. Es curioso como pasamos de un momento tan emotivo a esta incomoda y graciosa—pero más incomoda— situación.
—Sabes—le digo tratando de romper el silencio y de aminorarle un poco el peso del asunto—. Muchas veces… muchas veces lo he pensado.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, a eso. A tener sexo. No es que no pueda pasar Cori, pues estando contigo… nada es imposible.
—No sé si me acabas de decir calenturiento o si te refieres a que eres feliz conmigo.
—Ambas cosas—le digo riendo un poco—. Pero más de lo segundo que de lo primero.
Cori sonríe.
—A lo que me refiero—continuo—es que supongo que si es contigo… si es por ti, posiblemente si me lo pidieras, posiblemente no me negaría. ¡Solo posiblemente!—me apresuro a recalcarle—. No es que me agrade la idea de que me jodan el culo. Además tendríamos que discutir quien sería el trasteado y quien el trasteador.
Cori aguarda en silencio por unos segundos y luego suelta una risotada, recostándose nuevamente en la camilla sin dejar de reír. Unos minutos después se reincorpora nuevamente a la conversación.
—¡Oye, no es nada gracioso! —le rezongo.
—Lo siento, lo siento—dice volviendo a reír—. Es que jamás pensé que podríamos discutir esto, y menos ver la situación en la que lo discutiríamos.
—¡Eres un hijo de tu madre!
Cori coge mis manos y las envuelve entre las suyas, todo sin despegarme la mirada en ningún momento. Las besa con delicadeza y sonríe.
—Son estas cosas…—me dice esa sonrisa tan perfecta dibujada sobre su rostro—…son este tipo de cosas y de situaciones contigo lo que hace que estar a tu lado sea tan especial. Siempre eres tan franco respecto a todo, pocas veces te guardas algo, y a veces eres mas sincero de lo esperado.
Otra vez esta sensación de llenura en mi pecho. Mi corazón late fuerte y siento como mi rostro se torna nuevamente tibio, y todo es a causa de Cori. Siempre es por él…
Alguien toca la puerta, abriéndose de presto al tercer toque y asomando por ella una enfermera con unos aparatos que quien sabe para qué son. Sin prestarnos mucha atención pasa al fondo de la habitación y se dispone a encender la maquina. Me pongo de pie y me acerco a ella.
—¿Sucede algo?—inquiero.
—Es hora del chequeo rutinario—me dice sin despegar su mirada del aparato.
—Entiendo. ¿Debo de salir, o puedo quedarme mientras lo hacen?
—No creo que sea posible—me responde a la vez que niega con su cabeza—. No nos tardaremos demasiado, luego podrás entrar de nuevo. Quédate cerca y te lo haré saber una vez hayamos acabado—me dice con una sonrisa.
—Bien.
Me acerco a la camilla de Cori, y, con un apretón en su hombro y una sonrisa me despido.
—Vuelvo cuando terminen—le advierto.
El me devuelve la sonrisa y aprieta mi mano levemente.
—Bien. Espero y no me metan una sonda por la salchicha—me dice a modo de broma.
—Será por el trasero—advierte la enfermera.
Ambos nos quedamos desconcertados y admirados por el extraño comentario de la enfermera que sigue apretando botones en la maquina que ha traído consigo.
—¿¡En serio!?—exclama Cori alarmado.
—Solo bromeaba—dice ella mofándose—. No te pondremos una sonda.
Logra sacarme una carcajada pues ha logrado poner mas alerta a Cori.
—¡Carajo!—rezonga él con más alivio—. Ese tipo de bromas no se le hacen a un chico.
—Bien, bien, lo siento—dice ella entre risas—. Mira a tu amigo, él no se quejó la última vez que estuvo aquí. Tuvo una sonda en el pene por un largo rato y no dijo ni pío.
—¡Oh! ¿Así que fue usted la que retiró la sonda?—le pregunto, recordando fugazmente a la enfermera que procedió a hacerlo en aquella ocasión que por causa de Liam vine a parar al hospital.
—Así es—asiente ella.
—Gracias al cielo que fue usted—le digo con cierto tono de alivio y agradecimiento—. La otra enfermera, la que estaba en el turno del doctor que siguió mi estado, se veía un poco… enojada.
—No es para menos—me dice ella entre risas—. Es la jefa de enfermería. Créeme, si es un poco enojada.
El doctor ha venido también así que es momento de que me retire. Una ultima sonrisa para Cori y salgo de la habitación. Afuera puedo ver a los padres de Cori, al fondo, en una oficina con paredes de grueso cristal, junto a mis padres y un par de doctores que hablan de quien sabe qué cosa. Karla por su parte aun habla con su madre por el móvil. Ella logra verme y me saluda, haciéndome señas que en un momento vendrá conmigo.
Me voy a la sala de espera y me siento en uno de los cómodos sillones disponibles para todo aquel que desee tener un respiro en la agitada vida del hospital. Está bastante vacía la verdad. Tan solo unas enfermeras en la recepción, un señor con su hija que se encuentran mirando por la ventana del edificio hacia el exterior, una señora y su bebe que está sentada en el sofá que está tras de mí y un chico que lee sentado en el sofá del frente. Almas Oscuras, es el titulo del libro. Tiene un curioso separador en su mano en el que se lee “Anatomía de la Luna”.
—Qué extraño—me digo a mi mismo—. Un libro que no concuerda con su separador.
Me pregunto de qué autor serán esos títulos. Seguro que Cori al ver el separador o el titulo del libro rápidamente daría de qué autor se trata. Es un come libros.
—Conque aquí estás—dice alguien a mi costado izquierdo.
Kathy y André han aparecido con el café y comida. Croissants para ser más exacto.
—Esa cafetería es un simposio de chucherías—se queja André dejándose caer a mi lado en el acolchonado sofá. Kathy se sienta en el otro costado—. Esto ha sido lo más decente que hemos podido encontrar.
—Ten—me dice Kathy pasándome el croissant y el café—. Tu has de cuenta que mueres de hambre y que estará delicioso.
—Muero de hambre—le digo con desdén.
—¡Perfecto! Ahora solo falta que pienses que estará delicioso—advierte guiñándome un ojo.
—Es increíble como en un hospital no vendan cosas sanas—comenta André con cierto tono de decepción—. Que ironía.
—La vida es cruel a veces—le digo encogiéndome de hombros.
—Si—recalca él—. En especial cuando no comes yogurt.
—Por cierto—dice Kathy, sorbiendo su café con cuidado a no quemarse—. ¿Alguna novedad con Cori?
—Despertó—le contesto mientras muerdo el croissant como si jamás en la vida hubiese comido—. Ahora lo están revisando los doctores.
—Que alivio—comenta André dejando escapar un suspiro—. Ya estaba preocupado por ambos.
—¿Ambos?—mascullo, con la boca llena de comida.
—Si, bueno, no puedo imaginar que podría pasarte sin Cori. Perder a la persona que más amas sería algo muy doloroso.
André logra que me atorzone con el bocado y toso descontroladamente sin poder detener el reflejo.
—¿¡Qué!?—inquiero.
—Bueno…
—¡Ajá!—exclama Kathy, riendo—. Eres un hijo de puta André. ¡Tú ya lo sabías!
—Qué puedo decirte—advierte él encogiéndose de hombros.
—¡Shhh!—nos dice la enfermera, advirtiéndonos que bajemos la voz.
—¡Scheiße!—exclamo—. ¿¡Tú también ya lo sabías!?
—Sería un idiota si no lo supiera, tontito—me dice halándome de las mejillas.
Genial. ¿A caso estos días seguirán así, con una revelación tras otra? Primero Kathy, luego mi padre, luego André… Solo falta que el padre de Cori venga a decirme lo mismo.
—¿Por qué no me lo dijiste?—le pregunto en busca de sus razones.
—Si tú no me lo habías dicho, no tenía yo por qué entrometerme. Pero en estos momentos, entrometerme o no es lo de menos. La situación no nos permite considerarlo.
—Pero…pero… ¿Cómo te diste cuenta?
—A ver. Tú y él son demasiado obvios—me reclama—. Inocentes diría más bien. A los ojos de cualquiera entre ustedes no sucedería nada, pero no contabas con dotes del gran André—me dice jactándose de sus habilidades—.
—¿Podrías ser mas especifico?—le pregunta Kathy, desconcertada.
—Bien, bien—dice él con resignación—. Cori me lo confirmó.
—Cori me las pagara por esto después—advierto con desdén—. De haberlo sabido…
—No hubieses hecho mucho—me interrumpe André, tajante—. Igual no es como si necesitases de alguien para mantenerte al lado de Cori. Yo simplemente hice la pregunta y él la respondió con mucha naturalidad. Me sorprendió un poco la verdad, pensé que se molestaría por mi interrogante. Pero fue más fresco que una lechuga en contestarme. “Si, estoy saliendo con Sasha. ¿Por qué lo preguntas?”—me dijo esa ocasión, mientras tonteábamos en el motor del auto viendo por qué demonios fallaba. Al final agregó algo que me sorprendió más. “No puedo estar mejor que ahora. Ya tengo todo lo que necesito conmigo”—Advirtió.
—Que… interesante—musita Kathy.
Ok, ya siento mi cara tibia de nuevo.
—La verdad que el chico tiene bien en claro lo que hace y lo que les sucede a ambos.
—¿Y como fue que llegaste a notarlo?—le pregunto ahora con curiosidad.
—Vamos, Sasha, eres demasiado obvio—me dice sin hacer mucho revuelo del asunto—. Cori te sonreía y tú, bueno—advierte riendo—tú ponías cara de estúpido.
—Eres una bestia—le refunfuño.
—Solo soy observador—me dice encogiéndose de hombros.
Karla ha terminado de hablar con su madre. La llamada ha durado un buen rato, lo suficiente como para que desee comer otro croissant. Ya me he comido dos, y creo que uno de esos era de Karla.
—¿Qué te ha dicho tu madre?—le pregunto con curiosidad.
—Preguntaba por el estado de Cori. Me hizo un interrogatorio sobre como estaba y todo eso. Ya sabes como es mamá cuando se preocupa.
—No me esperaría nada menos de la señora Bonnet—comenta Kathy—. Esa mujer es un amor.
—Dile eso a su hija—advierte Karla resoplando—. Cuando mamá se molesta puede ser peor que un atentado terrorista. Es peligrosa.
—Mi padre no es tan distinto—dice André encogiéndose de hombros—. Si se enoja...da miedo.
—Por cierto—dice Karla, cambiando de tema— ¿Ya han llegado a revisar a Cori?
—Si. Ahora mismo están en eso—comento—. Dijeron que no tardarían mucho.
—Ya veo—asiente ella—. Tengo hambre.
—Lo siento, me he comido tu croissant. Tenía mucha hambre—me excuso.
—¿Quieres que vayamos por más a la cafetería?—le pregunta Kathy.
—Por favor—le pide Karla—. Si no como algo voy a desmayarme.
—Voy con ustedes—se les une André—. Necesito pasar por el baño también.
Dicho esto los tres se van, quedándome nuevamente solo como al principio. La señora del bebe ya se ha ido y quienes observaban por la ventana también. Solo ha quedado el chico que sigue leyendo, las enfermeras y yo. Que silencio. Hecho mi cabeza hacia atrás, recostándola en el espaldar del sofá, cerrando momentáneamente los ojos. Estoy cansado. Solo quiero que ya amanezca y que todo vaya para mejor. Necesito que así suceda.
—¿Tomando un descanso?—me pregunta alguien, dejándose caer a mi lado.
Levanto la cabeza y me encuentro con unos ojos llenos de cansancio que me miran inquisitivos. Es Henry, el padre de Cori.
—Solo me pongo en modo de espera, como los móviles—le comento a modo de broma—.
—¿Quieres un café?—me ofrece.
—No, gracias. Acabo de beberme uno.
Esta conversación no esta yendo a ninguna parte. Me pregunto si Henry ha venido a sentarse aquí con algún propósito o si solo lo hizo porque no le agrada estar en solitario. Aunque ahora que está acá creo que tengo al fin el momento justo para cumplir lo que me he propuesto. Sin embargo, la situación en la que nos encontramos posiblemente no sea la más indicada. No con el mal momento que todos estamos pasando.
—Insisto. Uno no creo que sea suficiente.
—No se preocupe Henry, estoy bien.
—Si tú lo dices—se rinde finalmente—.
—Por cierto ¿Le han dicho algo los doctores?—le pregunto con expectativas. Unas expectativas que me fuerzo a mantener altas.
—Hay buenas noticias, Sasha. Han encontrado donante gracias a la ayuda de tus padres.
—¿¡Entonces Cori mejorará!?—Exclamo con un halo de esperanza—. Se pondrá bien, ¿Cierto?
—Es de esperarse que sí—me dice sin inmutarse en su actitud. No lo culpo. Animarse mas de lo debido, tal y como yo lo he hecho, solo puede resultar fatal para nosotros mismos al final—. Sin embargo—continúa—el donante de medula no podrá llegar si no hasta dentro de tres días.
—Pero… ¡Pero es mucho tiempo! ¿No pueden apresurarse más? ¿Estar aquí para mañana?
—Se hace todo lo que se puede. Al menos eso dicen los doctores. Gracias a tus padres hemos podido contactar con un donante en circunstancias tan prontas. Sin embargo aun hay análisis que deben de hacerle al propio donante y eso llevará un tiempo.
—¡Entonces que se las hagan acá!—sugiero con ímpetu—Así cuando esté listo todo, las cosas se harán mas rápido.
—No es tan sencillo. Al menos, de ser así como tú sugieres, y tal y como tu madre también ha sugerido, tardaría al menos dos días en estar el donante acá. Es un donante inglés. El viaje sería costoso.
—El dinero es lo de menos.
—Lo sabemos y por tanto hemos tratado de agilizar las cosas. Disponemos del dinero suficiente, gracias a tus padres. Les estoy…eternamente agradecido por esto. Pero hay cosas que el dinero no puede lograr y una de esas es hacer que el tiempo transcurra mas rápido.
—Ya veo—musito con desaire.
—Sin embargo, aun hay esperanzas—me alienta—. Necesito que sigan habiendo.
—No es el único Henry, no es el único.
Él saca de su bolsillo un cigarro y un encendedor. Sus manos…tiemblan. El cansancio le está pasando cuenta.
—Aquí no creo que pueda fumar—le advierto, señalando un letrero que dice explícitamente “No fumar” pegado en la entrada.
—Si que son estrictos en este lugar—me dice con una sonrisa.
Su sonrisa…me recuerda a Cori.
—Debería de ir a afuera—me dice—. ¿Quieres acompañarme?
—No fumo, señor.
—Lo sé—advierte con aires de satisfacción—. Robín ha educado a un buen chico, sabes, y se nota que lo ha educado bien.
Me encojo de hombros y exhalo. La verdad es que pude haberle contradicho esto ultimo. Al final, quienes me han educado han sido maestros particulares. Y últimamente he podido concluir que me he estado criando solo.
—Igual, acompáñame, necesito hablar unas cosas contigo. Solo será un momento.
Henry se pone de pie, y como por el momento no terminan de revisar a Cori, decido acompañarle. Pasamos por un largo pasillo hasta llegar al área de emergencias en donde un robusto policía hace guardia y los enfermeros corren de un lado a otro, atentos a todo lo que pueda suceder. La vida de un hospital es bastante pesada.
Salimos al estacionamiento. Está frío, lo suficiente para poder ver mi aliento convertido en vapor. Nos sentamos en una banca junto a la entrada, justo bajo una enorme lámpara que alcanza a alumbrar un buen tramo.
Henry, el padre de Cori, se sienta y enciende un cigarro que comienza a quemarse con lentitud por cada vez que el aspira, convirtiendo rápidamente la punta en cenizas.
—¿Y bien?—inquiero curioso—¿De qué necesitaba hablar conmigo?
—Si que eres impaciente—me dice pasándose una mano por la nuca.
Henry. Un hombre de complexión delgada y rostro un tanto alargado, un tanto parecido a su hijo. Su cabello, a diferencia de Cori, lo mantiene corto. Su rostro bien afeitado le da una apariencia mas joven de lo que indica su edad y sus ojos, verdes como los de Cori, tienen un leve brillo que podría jurar que se está extinguiendo.
—Necesitaba hablar contigo—musita finalmente—.
—Soy todo oídos. ¿De qué quiere hablar?
—De Cori—me dice aspirando otra vez el cigarrillo. Exhala y deja escapar el humo con parsimonia y continúa hablando—. ¿Qué…qué puedes decirme tú de Cori?
Eso es simple. Podría hacerle una descripción completa de Cori, pero es su hijo así que no creo que deba extenderme en lo que tenga para responderle.
—Es un buen chico—le digo, encogiéndome de hombros—. Una de las pocas personas que conozco que a mi ver son invaluables. Cori… Cori es alguien excepcional. Pero no creo que eso deba de decírselo, Henry, usted ya ha de saberlo.
Él sonríe y vuelve a aspirar el cigarro.
—La verdad, Sasha, es que eso era algo que necesitaba saber—dice, exhalando el humo—.
—¿A qué se refiere?—le interrogo un tanto desconcertado.
—Pues veras. Cori es mi hijo, pero lo biológico no me otorga el titulo de padre.
—Esa es una verdad bien fundada—comento, dándole la razón respecto a ello—. Engendrar un hijo no te convierte en padre. Ese titulo se gana. Por tanto sería más correcto decir que no se tiene hijos si no se educan como tales.
—Chico listo—me hace la observación—. Cori siempre tuvo razón respecto a ti. Eres, como dijo él, alguien a quien se le debe de tener bien en cuenta cuando habla.
—¿A sí?
—Si—me dice dedicándome una sonrisa—. Él siempre hablaba bastante de ti, y de Karla, y lo hacía a tal punto de no dejar margen para que pudiese pensar que ustedes eran un punto malo en su vida.
—Es algo característico de Cori, señor. Él es...—musito con una leve sonrisa—él es simplemente sincero.
El padre de Cori hace una breve pausa, una pausa que solo me da espacio para reflexionar una tan sola cosa: Posiblemente siempre fuimos mas unidos, Karla, Cori y yo… más de lo que esperábamos. Eso es bueno.
—Tengo celos de ti, sabes—me dice suspirando y soltando una risa por lo bajo—. De ti y de Karla. Siempre fueron el centro de atención de Cori. Fueron algo que yo no pude ser para él.
—No era mi intención causarle problemas, Henry. Pero Cori sabrá sus motivos.
—No tienes por qué disculparte, al final, son sus decisiones.
Henry vuelve a aspirar el cigarrillo, provocando que se queme más de la mitad de este y caiga como cenizas al suelo. Exhala, y el caliente humo contrasta rápidamente con el frío ambiente.
Realmente…hace frío.
—Disculpe, Henry.
—Dime muchacho.
—¿Usted…usted quiere a Cori?
El me mira desconcertado, como si mi pregunta lo hubiese descolocado de esa actitud tan serena que hasta ahora mantenía.
Vuelve a aspirar el cigarrillo, y tal y como las otras veces…deja escapar el humo lentamente de su boca.
—No lo sé—musita secamente. Su rostro serio no me da espacio para interpretar su respuesta. Pareciera que sus palabras vienen sin emociones. Han sido tan frías que posiblemente han de sobrepasar el frío del ambiente—. ¿Por qué lo preguntas?
—Solo necesitaba comprobar las razones del por qué ha golpeado a Cori en aquella ocasión.
—¿Cori te lo ha dicho?—me pregunta con el mismo tono sereno como si lo que le he dicho no tuviese efecto sobre él.
—He sido yo quien ha curado sus heridas, señor.
—Ahora comprendo por qué Cori te prefirió a ti—murmura, tirando la coleta del cigarrillo que recién se ha terminado—. Al final, él siempre tuvo razón… eres todo lo que yo no puedo ser con él. Siempre fue “Sasha esto, Sasha aquello” Si que lo vales mucho par él.
—Disculpe mi intromisión, pero necesito preguntarle unas cuantas cosas más. Sabe, Henry, jamás he podido en mi vida llegar a juzgar a alguien sin tener buenas razones para hacerlo. Y si es por Cori no tengo la más mínima intención de terminar esta conversación sin antes decirle lo que pienso respecto a muchas cosas, pero para eso, necesito que me responda a algunas preguntas.
—Tenaz y directo—advierte, recostándose en el espaldar de la banca—. Tal y como Cori dijo que eras. Pero me parece bien, tú pregunta y yo te responderé.
Respiro hondo y ordeno mis ideas lo más que puedo. Si no lo hago ahora no podré hacerlo luego, y si no lo hago nunca entonces no me lo perdonaré a mi mismo jamás. Calma, Sasha—me digo a mi mismo—Solo dilo.
—Henry—. Comienzo, haciendo una pausa que me permita dar un paso firme al hablar. Una vez me siento seguro, continúo—. ¿Usted… usted quería a Cori antes de que yo llegase?
—No—contesta secamente sin detenerse a pensarlo—. Nunca quise a Cori como mí hijo.
—Comprendo—musito, tratando de mantenerme a la defensiva—. ¿Por qué tenerme celos, a mi o a Karla, porque Cori nos prefiriese entonces?
—No es fácil ver que los demás tienen algo que a ti te hace falta, sabes.
—Si siempre se sintió así, pudo haber cambiado entonces y comenzar cuando pudo a ser el padre que Cori nunca tuvo.
—Eso es cruel, Sasha. Decir que Cori no tuvo padre, estando yo ahí…
—Usted no es su padre, Henry—le digo firmemente, esforzándome por mantener la compostura y no levantarme y golpearlo por imbécil—. Usted mismo lo ha dicho. Lo biológico no le otorga el título de padre. Lo que yo digo es solo una verdad que usted se niega a aceptar. Cruel sería si yo mintiera. ¿A caso estoy diciendo algo qué es mentira?
El hace silencio por un rato y vuelve a sacar otro cigarro que no tarda en encender.
—No, no mientes—manifiesta, llevándose el cigarrillo a la boca—.
—Bien. Debemos continuar—musito. Respiro hondo y trato de no ceder e interrumpir esto que tan importante es—. Dígame, Henry, ¿Qué sintió cuando golpeó a Cori aquella noche?
Henry aspira el cigarrillo fuertemente, mantiene el humo en su boca por un rato y luego exhala. Trato de no despegarle la mirada de su rostro, intentando interceptar cualquier gesto que me impulse a formular una idea respecto a lo que me está respondiendo, algo que me diga que miente…pero sigue tan inmutable como antes.
—Nada. Como las veces anteriores… no sentí nada.
—¿Lo había golpeado con anterioridad?—pregunto sorprendido.
—Más veces de las que te imaginas—dice con tono despreocupado.
—¿Entonces cual es el punto de qué esté acá, preocupándose por él?—le reclamo con enojo—. No tiene caso que finja lo que no siente por Cori, si al final esto va a dañarlo.
—Esto no lo hago por él, Sasha. Lo hago por Cecilia. Amo a esa mujer más de lo que cualquiera podría pensar y es por ella que he contenido tanta rabia hacia Cori. La misma rabia que le tuve a Emily por quitarme lo que más quiero. Odio a Cori como no tienes idea, lo odio por quitarme el amor de la única mujer que puedo amar en este mundo. Su madre… su madre solo tiene ojos para su hijo. ¿Y yo…? ¿Yo en donde quedo? Ese chico ha recibido más atención de la que merece.
—A usted no le consta que no se la merezca—le contraataco—. Al igual que a nadie le consta que usted se merezca el amor de tan buena mujer.
—Aun así—musita él exhalando humo del cigarrillo—. Eso no me dice que también no me lo merezca.
Esto… esto es estúpido. Este hombre no tiene corazón, ¿Qué clase de bestia es? Esta clase de escoria no debería de existir en el mundo. Jamás en mi vida había visto tal grado de negritud en el corazón de alguien. Es inaudito.
—Una pregunta más, Henry.
—Dime—musita con su voz que solo exhala humo. El olor a cigarro comienza a incomodarme.
—¿Le importaría escuchar mi opinión respecto a usted?
—La verdad, Sasha, estaría agradecido de saberla. Al menos tendré la dicha o la desgracia de saber por qué Cori siempre me echó en cara lo que tú eras y lo que se suponía yo nunca fui.
—Concuerdo con Cori, señor. Él tuvo y tiene muchas razones para echarle en cara lo que sea. Al final, lo que sea es mejor que usted. No soy el mejor modelo de conducta a seguir, pero sin jactarme de nada, tampoco creo ser el peor—le digo, mirándolo fijamente a los ojos—. Cori jamás le ha tenido rencor. Lo conozco y él es incapaz de ello. Eso es algo que supongo usted debería de saber.
—Jamás dijo odiarme—se encoge de hombros—.
—Para mí, es prueba suficiente de que no lo odia—advierto secamente, poniéndome de pie—. No está en la naturaleza de Cori hacerlo. Pero eso si es algo que usted desconoce porque jamás se dio en la tarea de saber lo qué su hijo, no, lo que el hijo de Cecilia era en verdad. De cualquier manera, Henry, hay cosas en las que discrepo con Cori, y eso él lo respeta sin importar cuan duras sean, siempre y cuando no pongan en peligro la sanidad de alguien. Cori, como dije, no lo odia, sin embargo, yo si lo odio a usted, Henry, y deseo con cada fibra de mi cuerpo que un día usted se pudra en el infierno. Lastimosamente no soy Dios para dictaminar tal cosa, y lastimosamente tal vez Dios me castigue por pensar de esta manera, pero de cualquier forma no voy retirar lo que pienso y deseo.
Dicho esto, le dirijo una ultima mirada, una mirada que es solo para comprobar si hay al menos una gota de arrepentimiento en él, pero mis esperanzas de encontrarla se tornan nulas. No me queda más que resignarme y dar la media vuelta para avanzar nuevamente hacia la sala de espera. Tal vez Cori ya ha terminado su revisión.
—Justo—musita él, justo antes de que de mi segundo paso—. Tal y como Cori dijo, eres alguien justo.
No puedo, no lo resisto más. No tiene el derecho de mencionar tan siquiera el nombre de Cori. ¡Es un mal nacido! Lo detesto. Ha roto mi último nervio e hilo de paciencia con cada mal lograda palabra salida de su boca. En un impulso que no pretendo detener me devuelvo y sin pensarlo dos veces le asesto un fuerte golpe en la mandíbula. El suelta un quejido, pero luego de eso se queda inmóvil, con su rostro cabizbajo y en total silencio.
—¡Eres un maldito bastardo!—le grito enfadado.
El guardia de la entrada se queda perplejo ante tal reacción pero se limita tan solo a observarnos. Trato de mantener la compostura y me esfuerzo mejor por irme hacia donde está Cori. Si permanezco aquí, junto a esta escoria, seguramente los deseos de matarlo saldrán a flote en su totalidad y posiblemente lo haga.
Entro a la sala de espera con el rostro enrojecido de rabia, pero justo antes de llegar donde están los chicos me doy un espacio para respirar y tratar de calmarme. Por mi cabeza cruzan aceleradas las palabras de Henry que solo se estrellan contra mi conciencia provocando el inminente deseo de regresar y seguirlo golpeando. Pero no, no debo hacerlo. Respiro y una vez creo todo está bien, me acerco donde los demás.
—¿Y tú donde estabas?—me interroga Kathy—.
—Andaba…andaba en el baño—le invento la excusa—.
—Mira que te nos pierdes—me reta Karla—. La enfermera acaba de asomar. Dijo que han terminado de revisar a Cori.
—¿Qué hacen ustedes acá entonces?
—No podemos entrar con comida—me dice André—. Pero ya acaba…
Las palabras de André se ven interrumpidas por un grito desesperado. ¿Quién será?
Volteamos todos instintivamente y vemos parada en la entrada de la habitación de Cori a su madre, Cecilia, que grita desesperadamente por las enfermeras y doctores que ya acuden hacia donde ella. ¿Qué está sucediendo?
Nos levantamos apresurados, olvidando por completo la comida y corremos hacia donde Cecilia que ha salido de la habitación junto a mis padres, pero justo antes de poder entrometerme en el lugar los doctores cierran la puerta impidiendo mi avance.
—¿¡Qué sucede mamá!?—inquiero preocupado.
Mi madre me abraza y me aprieta fuertemente contra su pecho diciéndome que todo está bien, que me calme, que nada malo pasa.
—¿¡Qué está sucediendo, Cecilia!?—Le exige saber Karla.
—¡Rápido, necesito ese DESA!—grita un doctor que asoma por la puerta.
Alcanzo a ver sutilmente a Cori en la camilla Le han quitado la bata y su pecho está descubierto. Noto como su cuerpo se convulsiona mientras los doctores hacen todo lo posible por estabilizarlo. La puerta es cerrada de nuevo y vuelvo a la misma incertidumbre
Podemos escuchar en el interior de la habitación el ajetreo, el grito enfadado del doctor y por el cristal de la puerta puedo ver como las enfermeras pasan de un lado a otro. Unos segundos después veo a otra enfermera aparecer con un aparato que posee dos placas de metal con azas. Es un… un desfibrilador.
—¿¡Qué está sucediendo mamá!?—le reclamo por una respuesta—. ¿¡Qué le sucede a Cori!?
Mis sospechas se hacen evidentes al escuchar la respuesta de mi madre, que trata de hacérmelo saber con un tacto que en estos momentos no puedo sentir.
—Cori…Cori está teniendo un paro cardiaco.
El sonido del desfibrilador descargando toda la corriente eléctrica en el pecho de Cori se escucha hasta afuera. El llanto de Cecilia se mezcla con los sollozos que comienzan a invadir a Karla.
Abrazo a Karla tratando de calmarla. Necesito abrazarla, necesito sentir también su apoyo. Esto no debería de estar sucediendo, No ahora. Ya existe un donante, hay ya una solución y no es posible que justo ahora todas las esperanzas se vengan abajo.
Otra vez ese sonido. El desfibrilador sigue trabajando, convulsionando el corazón de Cori para hacerlo latir nuevamente.
El sonido se escucha una y otra vez. El sonido vacilante de las voces de los doctores y enfermeras en la habitación son ahogadas por la puerta que a través de un pequeño cristal no nos deja ver demasiado.
Ahora que necesito que él tiempo pase rápido para que todo esto suceda, ahora que necesito que transcurra veloz y favorable para nosotros, es cuando siento que más lento y pesado se vuelve.
Esto no puede suceder…no…no tiene que ser así…no quiero que sea de esta manera.
Viernes 29 de Octubre de 2010
“Al final, la lección más importante de la vida es que existe lo impredecible y dentro de lo impredecible existe un mundo que se construye a base de vivencias. Pero sigo oponiéndome con cada fibra de mi cuerpo a la manera tan insensata de la vida de enseñar esa lección tan importante.
Hoy, viernes 29 de octubre de 2010, una de las dos velas que ilumina mi vida…. se apagó. Y yo; yo ya no soy nada.
Cori…Cori murió.”

Sasha.
“PD: No me abandones.”
Ending:







tercera firma frank

Autor: Luis F. López Silva
Todos los derechos reservados ©


















































































































































































































































































































































































Ratings and Recommendations by outbrain