Biblioteca de Alejandría

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domingo, marzo 10, 2013

Capítulo 37: Esta fue mi vida - Sasha, Diario de un chico adolescente de Frank López

Capítulo 37: Esta fue mi vida


E
s lunes. Es primero de noviembre. Son las dos con treinta de la tarde y los minutos siguen avanzando. Hoy es el funeral de Cori. La mañana ha estado bastante movida, preparando una cosa y otra para que el evento se dé de lo más solemne y todo con el debido procedimiento. Al funeral solo podremos asistir André, Kathy, Tránsito y yo. Mis padres tienen que regresar ahora al extranjero por motivos de trabajo. Han pedido una prorroga pero les ha sido imposible conseguirla. Todo sucedió demasiado rápido y como son empleados del gobierno, el trámite de lograr uno o dos días libres en su caso es un poco complicado.

El día de ayer fue Halloween. La sensación de diversión fue suplantada por un mustio ambiente del que no pudimos deshacernos por ningún motivo. André intentó animarnos el rato viendo películas y con mucha azúcarpreparó una torta de caramelo, él puede cocinar—pero Karla y yo no pudimos pasar más de dos bocados. El resto de la tarde solo nos limitamos a ver por la ventana a los niños llegar a pedir dulces. A pesar de que vivimos en las afueras de la ciudad, el poblado de esta zona tiene muchos niños y adolescentes que salen en el día de brujas a conseguir caramelos, y bueno, mi casa es la última antes de pasar camino a la ciudad. De cualquier manera, siempre vienen muchos hasta aquí. Fue efímeramente reconfortante verlos vestidos con sus disfraces, escucharlos decir trato o truco, verlos reírse y alegrarse cuando Tránsito les daba las golosinas… momentáneamente nos hizo sonreír. Luego se acabó.

Aún no hemos terminado de sacar todo lo que llevamos dentro. ¿Qué nos está faltando entonces? ¿Qué tengo que hacer o decir? ¿A quién tengo que reclamarle? ¿Qué tengo que comprender?

Termino de abotonar mi camisa manga larga blanca y me la acomodo dentro del pantalón. Al final, mi traje se mira impecable, haciendo juego con mis zapatos negros y el cinturón de cuero color azabache. Solo me falta algo. Trato de ponerme la corbata, pero el nudo no logro hacerlo correctamente. Por suerte, Kathy aparece y me ayuda con el asunto.

—Venga, pero que guapo—esboza una sonrisa, mientras me mira de arriba abajo—. En serio, te miras apuesto. Ahora, déjame ayudarte con esa cosa.

Ella con bastante habilidad hace el nudo en un dos por tres y al final, la corbata termina puesta alrededor de mi cuello. Pareciera que voy a una de esas reuniones profesionales en donde me darán un empleo bien pagado, pero no, voy hacia un funeral. Al funeral de mi mejor amigo.

Kathy me ayuda a ponerme el saco y finalmente estoy listo. Un chico vestido de negro, con camisa blanca y manga larga bajo el saco, con corbata negra y con sus ojos azules que se observan a través del espejo. Su cabello un poco largo cayéndole por las orejas y unos mechones en su frente, pero sobre todo, una expresión lánguida y sin emociones. No me reconozco. Parezco tan vacío.

Desvió por unos momentos la mirada a través del espejo y me cercioro que a mi lado se encuentra Kathy. Reparo en que ella se mira hermosa, con su pantalón negro de vestir, con su blusa en tonos oscuros y sus zapatos de tacón alto. Parecemos ambos ejecutivos, un par de personas de negocios listos para ir a meter tres metros bajo tierra a alguien que amamos demasiado. Es deprimente.

—¿Ya se han ido?—pregunto sin mucho empeño.

—¿Quiénes? ¿Tus padres?—me pregunta ella.

Me encojo de hombros y asiento con la cabeza. No quise despedirme de ellos. No tenía deseos de verlos. No sé cómo es que ellos están llevando el asunto de su divorcio tan a la ligera. No sé cómo es que pueden irse en el mismo auto hacia el aeropuerto sin intentar matarse entre ellos mismos. No sé cómo pudieron haberse ido este día si a pesar de las consecuencias podían quedarse. A veces siento lastima por ellos, pero supongo que ellos han de sentir más lastima por mí. No sé quién es más cruel, si yo o mis padres.

—Se fueron hace una hora—musita Kathy—. Ya es hora de que nosotros también nos vayamos.

Bajamos y esperamos en la entrada al taxi que nos llevará al cementerio. André lleva a mis padres al aeropuerto en el auto, y como queremos ir a ver en qué podemos serle útiles a Cecilia, nos iremos antes que él. André llegará luego al lugar. Espero y no tarde mucho. El funeral será a las cuatro de la tarde, falta una hora y media y la ansiedad me está jodiendo.

El taxista no tarda en aparecer y en diez minutos llegamos a la casa de Cecilia. Ya hay unas cuantas personas reunidas aquí, sin mencionar a los familiares de Cori que desde hace tres días han venido. El padre de Casey nos recibe y tal y como Cori mencionó en una ocasión, Henry y él son idénticos, con la única diferencia de que Tony—así se llama el padre de Casey—no es un condenado bastardo. También me encuentro con Karla que habla por teléfono en la entrada de la cocina. Khana ayuda a Cecilia con unas cosas e incluso el equipo de futbol soccer está acá. También el capitán del equipo de futbol americano ha venido. ¿Lo recuerdan? Era aquél que quería salir con Karla pero que ella rechazó porque dijo que era un idiota. De cualquier manera, aún faltan más personas por llegar y no me sorprendería que todo el instituto viniera. A Cori lo conocían todos… a Cori lo querían todos.

Saludo a cuantos puedo, tratando de disimular mi mustia actitud y me acerco hasta donde Karla que habla por su celular.

—Bien, ya está todo listo. El auto que transportara el ataúd también—dice Karla. Ella levanta su rostro y me observa por unos segundos, alejando su móvil de su boca y tapando con sus dedos el agujero por donde se capta la voz—. Te miras bastante apuesto—me dice con una sonrisa—. Dame unos segundos, ya casi termino de hablar—ella vuelve a colocarse el móvil al oído y sigue en lo que estaba—. Si, acaba de venir. Kathy y Tránsito también están acá—hace una breve pausa, seguramente la otra persona está diciéndole algo pero unos segundos después Karla responde—. Bien, me avisas cuando ya estén acá.

Ella presiona un botón en su móvil y la llamada finaliza. Me observa de arriba abajo, tal y como Kathy hizo y suelta un silbido.

—La ropa formal te sienta bastante bien. Te miras elegante.

—Tú te miras hermosa—advierto con una pequeña sonrisa. Trato de sonar lo más sincero posible. Karla en serio se mira hermosa en su vestido negro y en sus zapatos de tacón alto. Su cabello recogido en un peinado que lejos de ser exagerado termina siendo sencillo, le da ese toque bastante elegante a su figura femenina.

—Gracias.

—¿Has visto a Jennel y a Nixon?—le pregunto, echando un vistazo a mi alrededor.

—Hablaba con Nixon—me hala a la cocina y cierra la puerta—dice que vendrán en unos momentos. ¿Qué tal siguen tus manos?—me pregunta, observando con detenimiento los vendajes.

—Mucho mejor.

Karla me sonríe y me mira fijamente por unos segundos a los ojos. Por un instante me da la sensación de perderme en sus pupilas y hundirme en cielo nocturno. Los ojos de Karla son preciosos.

—¿Sucede algo?—pregunto, al percatarme que nos hemos quedado en silencio.

Karla desvía su mirada y puedo notar que la expresión en su rostro ha cambiado. Se frota las manos y suspira. No sé por qué esa sensación de que algo desagradable va a pasar comienza a hacer presencia en mi perdida conciencia. Estos días han sido todo un caos y lo último que necesito es que ese caos se vuelva un maldito apocalipsis. Ya tengo bastante con lo que ha sucedido.

—Cecilia va a irse.

Y las palabras son como una bofetada en mi rostro. Un punzante dolor de cabeza cruza por mis sienes y siento como la punta de mis dedos me palpitan por unos instantes. Algo se me estruja por dentro, no sé si son mis pulmones o mi estómago.

—¿Qué quieres decir con que va a irse?—la interrogo desconcertado.

—Se mudará. Se irá a vivir a Virginia, con Henry.

—Pero…pero… ¡Mierda! ¡Tiene que ser una broma! ¿Y se irá con ese animal?—exclamo furioso.

No sé cómo tomar esto, si a bien o a mal. Comprendo que Cecilia quiera alejarse de este lugar, solo le trae recuerdos dolorosos, pero irse también solo puede empeorar las cosas. Cuando sucedió lo de Emily, Cecilia era demasiado inestable. Incluso superarlo fue todo un lío. ¿Y ahora se desprenderá así nomás de Cori? Esto va a dañarla.

—Esta mañana estuve hablando con ella—musita Karla  con voz preocupada—. Se irá en dos días.

—¿¡Tan pronto!?—exclamo alarmado—. ¿Qué hay de la casa, de Emily, de Cori… que hay de todo?

—Venderá la casa, Sasha. Supongo que vendrá de vez en cuando a visitar las tumbas—musita sin muchos deseos—, Deberíamos apoyarla. Ella está pasando un muy mal momento.

—¿Y qué hay de nosotros?—reclamo con enfado—. ¿Acaso nosotros estamos disfrutando de esto? ¡No lo creo!

—Nosotros nos quedaremos aquí.

Karla extiende su mano y la posa sobre mi mejilla, acariciándola con dulzura. Pongo mi mano sobre la suya y dejo que la calidez de su tacto me calme lo más que pueda.

—Las cosas están desapareciendo demasiado rápido, Karla—advierto con un hilo de voz bastante débil—. Nos estamos quedando atrás.

Ella niega con su cabeza me mira con unos ojos comprensivos. Parece que tampoco está de acuerdo con que Cecilia se mude.

—No. Es solo que nuestra vida se está acelerando más de lo que debe—su voz suena apagada—. Vamos muy adelante, Sasha, ya no podemos regresar, y apenas podemos mirar atrás.

Ella retira su mano de mi rostro con bastante lentitud y desvía su mirada. Por un instante me siento solo, como si el tacto de Karla hubiese llenado algún vacío. Pareciera pensarlo por unos segundos sobre si quedarse ahí conmigo, pero al final decide retirarse de la cocina, pero justo antes de desaparecer tras la puerta, vuelve a verme con un semblante preocupado.

—En algún momento se detendrá—musita exhalante. Hace una breve pausa y puedo notar como aprieta fuertemente la perilla de la puerta. Luego de unos momentos, decide hablar—. Espero que sea pronto… porque ya no lo soporto.

Karla sale de la cocina y me quedo solo en el lugar, envuelto en silencio sofocante de toda esta lastimera y deprimente situación. Esto solo me recuerda a la ocasión en la que Karla tuvo que mudarse de Nueva York a acá. Solo que en este caso, Cecilia se irá sin nadie más que Henry. Sin embargo, el hecho de que ella ya no estará más aquí me hace pensar que puede que también se lleve consigo cosas que necesitaré, cosas que me recuerden a Cori. A diferencia de ella, yo no podré arrancarme del pecho tan sencillamente todo esto, al contrario, trato de aferrarme con ahínco a cada cosa que me pueda recordar a Cori. No sé si es una estupidez… o es masoquismo.

Prefiero mejor alejar por el momento todas estas tonterías de mi cabeza, así que salgo y me reúno con Casey que está sentada al pie de las escaleras con Andrea entre sus brazos.

—Pronto se quedará dormida—me dice Casey, volviendo a mirar a Andrea—. Parece muy ajena a todo.

—Lo está—advierto, sentándome a su lado—. Pero supongo que es mejor para ella que sea así.

—Supongo que sí. No sé qué le diré cuando pregunte por el chico que aparece en su partida de nacimiento.

—Tendrás que contárselo—musito, encogiéndome de hombros—. Un día tendrá que saberlo.

—Un día también tendré que volver a recordar todo esto—la voz de Casey se desencaja un poco, se aclara la garganta y agacha su rostro—. Verla solo me recuerda a él.    

Casey tiene razón. Andrea es el vivo retrato de Cori, verla a ella es como ver a la versión de pequeño de mi amigo. Es curioso, pero tal vez sea por esto que en aquella ocasión no pude pensar otra cosa más que en que era verdad lo que Cori decía sobre la niña. Legalmente era cierto, Cori era su padre, pero en ese momento lo único que se me vino a la mente fue “¡Mierda! Tiene una hija y no me lo había dicho”  Si lo pienso detenidamente, lo que sentí en ese instante no fue sorpresa, sino enojo, eso y me sentí traicionado. Y para que quede claro, cuando digo traicionado, me refiero al hecho de que no me lo había contado. Fue como una oleada de celos. Si, fue eso, celos. Ahora puedo decir a ciencia cierta que inconscientemente estaba queriendo el amor de Cori solo para mí. ¿Nunca les ha pasado? ¿Esa sensación de desear que toda esa atención y afecto incondicional de alguien muy especial sea para nosotros solos? Es egoísta, lo sé, pero llegados a ese punto ya estaba más que enamorado de Cori. Yo sé que él sabía qué era lo que yo sentía exactamente, y le causaba risa porque yo era muy incapaz de exteriorizarlo con facilidad.

“A veces eres tan tierno cuando te enojas—me dijo en una ocasión—pero cuando tienes celos solo provocas que me enamore más de ti, tontito”

A veces pienso que él era demasiado sincero… otras tantas creo que yo no le demostré lo suficiente cuanto le amaba.

Esperamos hasta que se hacen las cuatro de la tarde y André aun no viene. Nixon y Jennel ya hace un rato que han llegado, hace un buen tiempo que no he tenido la posibilidad de hablar con ellos. Así que aprovecharé la oportunidad. Es hora de que nos vayamos al cementerio, y como de aquí queda cerca, muchos se irán caminando, a pesar del frío. También ha venido Darien, y en esta ocasión la acompaña Carol. Al verla, a Carol, lo primero que se me viene a la cabeza es la prueba de ADN que llegó a casa, luego mi padre, luego lo del divorcio y al final todo se arremolina dentro de mi causándome una angustia momentánea. Respiro hondo y trato de calmarme. Debo de alejar momentáneamente todos estos pensamientos estúpidos de mi cabeza, si no lo hago no podré estar a gusto en lo que resta del rato y posiblemente le grite a alguien camino al cementerio.

Halo Sasha—me saluda Nixon al acercarme a ellos. Jennel y él vienen también con trajes de luto. Tanto color negro comienza a irritarme—. ¿Cómo va todo?

—Supongo que bien, hasta donde la palabra pueda alcanzar.

—Arriba esos ánimos, todo mejorará pronto—Nixon me da unas palmadas en la espalda y me sonríe—. Por cierto, ¿Dónde está Karla?

—Ella está adentro, en la sala.

—Voy a verla entonces. Regreso en un momento.

Nixon entra a la casa, abriéndose paso entre tanta gente que ha venido. Es tal cantidad de personas que ya no caben, por eso muchos esperan aquí afuera. No soporto estar en ese ambiente tan tenso de ahí adentro, el aire es pesado y me sofoca el calor de tantos adultos murmurando quién sabe qué cosas. Es por eso que he decidido quedarme en el corredor de enfrente, observando la multitud y el ajetreo.

—Pensé que estarías con tus padres—me dice Jennel, que se sienta a mi lado en un sillón que han sacado para quien desee descansar un poco—. ¿Dónde están ellos?

—No podrán venir. Han tenido que viajar nuevamente—le digo con dejo de ironía—. Nunca están cuando la situación es importante.

—Seguramente era algo muy importante—trata de reconfortarme ella—. Tal vez era inevitable.

—Sí, esa es la perfecta excusa que siempre utilizan—mascullo con desdén—. Comienzo a pensar que para lo único que están es para mantenerme.

—Vamos—Jennel me aprieta la mano y me mira con cariño—. ¿Por qué tan molesto?

—Lo siento. Es solo que comienzo a cansarme ¿Sabes? Siempre soy solo yo.

Jennel niega con su cabeza y se pone de pie. Vuelve a mirarme y frunce sus labios con desaprobación.

—Estamos nosotros—advierte. Suaviza su gesto, extiende su mano y me reacomoda la corbata—. Solo debes darte cuenta que estamos ahí. No somos invisibles.

Acto seguido, entra a la casa y vuelvo a quedarme solo. El sonido estridente de una ambulancia comienza a escucharse a lo lejos hasta que pasa en frente de la casa, bastante acelerada. No quiero ni pensar qué momento tan malo estará pasando la persona que necesite de esa atención médica. El hospital no me agrada demasiado, pero comienzo a acostumbrarme a él. En este año he estado tantas veces ingresado que empiezo a pensar que ya tengo una habitación asignada solo para mí.

La tarde pasa lenta, fría y mustia. Ya es hora de irnos para el cementerio y André sigue sin aparecer, a pesar de que el funeral se ha atrasado media hora. El ataúd ya está sobre el auto de la funeraria que lo transportará y todos estamos listos para partir. Hemos decidido irnos de último, con Karla, Jennel, Nixon, Khana y Kathy. Tránsito va adelante con Cecilia y Casey. Andrea va siendo cargada por su abuelo, que acompaña también a Cecilia, dándole todo el apoyo posible.

—Deberías de llamar a André—me sugiere Khana.

—Ya lo hice y no responde.

—Tampoco a mí—advierte Kathy—. ¿Dónde estará metido?

—Seguramente se ha quedado en el cementerio. Al final, el aeropuerto esta de camino—supone Karla.

—Eso espero—musito esperanzado.

El camino hacia el cementerio se me hace eterno. Es tanta gente la que acompaña que se me dificulta ver un poco por donde va el auto que lleva el ataúd.  Karla camina a mi lado, tomada de mi brazo y en silencio. De vez en cuando la miro de reojo en busca de una señal que me indique que algo le pasa. Yo sé que ella está reprimiendo muchas cosas, sé también que está tratando de hacerse la fuerte. Lo está logrando la verdad. En cambio yo, a mí me está importando un pepino ser o no fuerte, si lo tengo que sacar, voy a sacarlo de mi organismo. Luego podría ser peor.

Tardamos diez minutos en llegar al cementerio y tan pronto estamos ahí, comienzo a notar cierta impaciencia y tensión en todos. Khana, a pesar de que ha mantenido su actitud tan enérgica, a medida que nos acercábamos ha comenzado a verse cabizbaja y un poco más seria. Kathy mira de un lado a otro, tratando de distraer su mente en quién sabe qué y luego estamos Karla y yo. Ni siquiera sé cómo estamos. Sin embargo, ahora no me despegaré de ella, no dejaré que se aleje, no ahora, no se irá a consolar a nadie, no se ira a ver que Cecilia esté bien. Esta vez se quedará aquí, conmigo, y si va a llorar, lo hará con todo el derecho de hacerlo sin reprimirse, si se va a desmoronar, que lo haga sin estar pendiente de alguien más. Ella no puede con todo.

Los de la funeraria han bajado el ataúd y lo han colocado junto a la zanja que han cavado en el suelo. Todos nos hemos puesto alrededor del ataúd, siendo nosotros los primeros. Luego, tras nosotros, se extiende un mar de gente que esperan con un silencio penetrante a que todo suceda.

El párroco de la iglesia local, un hombre de casi setenta años, con cabello canoso y de facciones suaves y mirada dulce comienza con la ceremonia. Puedo ver como entre cada palabra que dice se escapa una nube de vaho de su boca. Comienza a rociar agua bendita sobre el ataúd, seguidamente reza algo a lo que no le prestó atención por estar hundido en mis propias cavilaciones, siempre pendiente de Karla y de que André venga, pero él no aparece por ninguna parte.

—…Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
—Salgo de mi ensimismada conciencia y reparo en que el párroco ya está llegando al final, citando el Salmo 23. Pronto será momento de enterrar a Cori—.Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días.

Termina de citar el salmo y compruebo como todos están en silencio. Escucho a Cecilia comenzar a sollozar y a Tránsito que le dice que todo estará bien. Escucho a Casey soltando un llanto ahogado y a Kathy que trata de ayudarla cuando ella también está mal. Veo a Jennel escondiendo su rostro en Nixon que la abraza e intenta aminorar una tristeza que también él siente. Escucho a las personas moverse y pasar a mirar por última vez a Cori. Siento que todo se enlentece y que avanza como en cuadros de imágenes. En un pestañeo es una cosa, en otro pestañeo sucede otra. Otra vez ese nudo en mi garganta, y las personas siguen yendo y viniendo.  Van pasando uno a uno, desde los familiares hasta nuestros compañeros de clase, yendo de ultimo los profesores. Son alrededor de las cinco con cuarenta y cinco de la tarde. El atardecer comienza a pintar el cielo de tonos naranjas, el frío comienza a acentuarse, y uno a uno, los que han acompañado al acto fúnebre, se retiran. El silencio se pega a nosotros como una enfermedad y la luz trémula de una lámpara del cementerio intenta iluminarnos. Pronto procederán a enterrar a Cori. Normalmente no suelen quedarse personas en un funeral cuando lo hacen. Es muy doloroso. Cecilia se ha puesto demasiado mal y se la han tenido que llevar a casa. Los chicos también se han retirado y solo hemos quedado Karla, yo y los señores de la funeraria. Esto es realmente suicida.

—¿Van a verlo por última vez?—nos pregunta uno de los hombres empleados del cementerio. Trae consigo una pala y una manguera—. Ya es momento de que lo enterremos.

Karla vuelve a verme, y con total resignación y sin mucho ánimo, asiente. Coge mi mano y comenzamos a acercarnos al ataúd. Respiro hondo en cada paso. El aire helado pasa rápidamente a mis pulmones, provocándome un ardor en el pecho. Los dedos de Karla se entrelazan entre los míos. Puedo sentir como su mano tiembla. Vuelvo a verla y descubro que su entrecejo está fruncido y que su quijada también está tensa y tiembla. Ella me mira y noto entonces que ya no lo soporta más, me percato que está a punto de soltarlo todo, de venirse abajo. Percibo su angustia. Sus ojos se tornan rojos, las lágrimas comienzan a acumularse en sus parpados y escucharla soltar el primer sollozo me parte el alma en dos. Es entonces cuando siento mis ojos arder y la nariz me pica. Otra vez esa sensación de vacío. Otra vez esa sensación de que pierdo algo. El nudo en mi garganta se vuelve doloroso y siento un hormigueo en mi rostro. Siento que voy a morir.

Tal y como lo hicimos en aquella madrugada, asomamos nuestras cabezas por el cristal que da vista al rostro tan sereno de Cori. Karla a un lado del ataúd y yo al otro. Nos quedamos en silencio, apoyados en la caja de madera que contiene una de nuestras razones de existir. Aquí está él, aquí está una de las partes más importantes de mi vida, aquí yace con sus ojos cerrados mi mejor amigo, aquí se encuentra tras este cristal mi hermano, la persona a la que más amo, el chico de los ojos verdes que me sonría todas las mañanas, aquel que siempre decía tonterías de las que Karla y yo nos reíamos. Vamos Sasha, grítalo. Mi conciencia me reclama y me dice que lo haga, me sofoca porque lo saque de mi pecho. Llóralo Sasha, siente ese dolor y sácalo de ti.

Cuando creo que voy a hacerlo, mi silencio es interrumpido por un alarido lastimero, un llanto desgarrador que me atraviesa hasta las coyunturas y que hace eco en mis tímpanos. Karla llora. Sobre el ataúd, recostando su cabeza sobre el cristal y dejando salir las lágrimas sin esforzarse por detenerlas, se desmorona. En un intento por consolarla le beso en la frente y comienzo a llorar a su lado. El frío viento sopla y vuelve heladas nuestras lágrimas que bajan por nuestros rostros hasta caer al mustio suelo.

—¡Eres un idiota Cori!—reclama Karla entre gritos que se cortan por su llanto—. Me prometiste que estarías bien, me dijiste que mejorarías…

—Karla…—musito entre sollozos.

—Me prometiste que  iríamos de vacaciones al lago. ¡Incluso dijiste que celebraríamos a lo grande el cumpleaños de Sasha, maldición!

Sus reclamos no son más que palabras que me hieren y que la lastiman a ella. Sus palabras aceleradas se terminan ahogando en mi pecho y entre la soledad del cementerio.

—Regresa… Cori—musita ella con un hilo de voz—. Por favor, regresa.

Puedo sentir las lágrimas bajar por mi rostro, puedo sentir mi cuerpo contraerse en un sollozo que comparto con Karla. Puedo incluso escucharme a mí mismo decirle a Cori que vuelva. Pero nadie contesta. Nadie me responde ni me calla. ¿Me escuchas, Cori? ¿Lo sientes? ¿Te quedaras? ¿Regresarás? Pero en mis acelerados pensamientos… hay solo silencio. Te necesito, Karla te necesita, ambos te necesitamos… por favor, una vez más, dime algo, escúchame, dime que me amas, escucha y siente cuanto te amo… abre tus ojos.

Ya no hay nada. Ya no está. Ya no somos tres.
Todo se ha vuelto gris. Frío, atroz, suicida…solitario.
Si ha ido, él se ha ido.

***

Nos quedamos hasta que la última partícula de tierra es esparcida sobre el ataúd. Son aproximadamente las seis con treinta y el ambiente se ha vuelto totalmente gélido. La lámpara es la única luz que nos envuelve. El atardecer hace un rato que ha terminado, André no apareció, y ahora, solo estamos Karla y yo. Nadie más que nosotros, sentados sobre la bóveda de algún difunto olvidado, abrazados, mirando el lugar donde ha sido enterrado Cori. Nuestros cuerpos inmóviles, sin tiritar por el frío y en silencio, respirando con lentitud y sincronía, se percatan que es momento de que nos vayamos.

En ese mismo mutismo comenzamos a caminar, iluminados tenuemente por las lámparas del cementerio y arrullados con el silencio nocturno y el ulular de los búhos.

—¿Vamos a estar mejor mañana? ¿Verdad?—me pregunta Karla con un tono de voz tan suave que pareciera que no desea la verdadera respuesta.

—No—respondo.

Ella sonríe, con bastante tristeza.

—No—susurra—por supuesto que no.

Llegamos a la salida del cementerio y aun me estoy preguntando por qué André no ha venido. No estoy molesto con él por ello. La verdad es que en estos momentos no tengo ánimos para molestarme. Solo quiero saber las razones del por qué no está acá.

Mi teléfono móvil suena. Es Kathy. Tengo incluso cuatro mensajes sin leer y doce llamadas pérdidas, que seguramente inconsciente he ignorado. Tomo un respiro y me aclaro la garganta antes de contestar.

—Hola Kathy.

—¡Sasha!, ¿¡Dónde estás!?

Ella suena alarmada, grita incluso y escucho un sonido de personas por el auricular que me desconcierta.

—Saliendo del cementerio. ¿Sucede algo?

—¿Qué pasa?—me interroga Karla.

Me encojo de hombros y espero a que Kathy me diga algo.

¡Tienes que venir rápido!—grita con la voz quebradiza. ¿Está llorando?—. ¡Esto está mal, Sasha! ¡Por favor, necesito que vuelvas!

—¿Pero qué sucede?—exclamo ahora con tono preocupado. La voz de Kathy se ha quebrado y en serio ya me ha preocupado. Pongo en altavoz el móvil para que Karla también pueda escuchar—. ¿Kathy?

André…—solloza, hace una pequeña pausa en la que puedo escuchar soltar un pequeño quejido de su llanto—. Ha tenido un accidente Sasha.

Karla deja escapar un grito que ahoga con su mano, mientras, yo abro los ojos como platos ante la noticia. Un mareo desagradable me invade momentáneamente pero trato de controlarme y no perder los cabales.

—¿¡Se encuentra bien!? ¿¡Es grave!?—pregunto acelerado.

—Kathy, ¿Dónde se encuentra André?—pregunta Karla con bastante preocupación.

Estamos en el hospital—solloza—. André está muy grave chicos.

Es hasta entonces que un recuerdo fugaz cruza por mi mente. ¡La ambulancia! ¡Carajo! ¡Por eso esa ambulancia iba tan rápido! ¡Ha sido por eso que André no ha podido regresar al funeral! ¡Maldición!

—Calma Kathy—trata de consolarla Karla—. Él se pondrá bien. Iremos para allá enseguida.

André está demasiado mal—vuelve a decir Kathy que entre su llanto su voz se ahoga—. Y tus padres, Sasha…

¡Maldición y mierda! ¿¡Mis padres!? ¿¡También ellos!?

—¿¡Qué pasa con mis padres!?—mascullo exaltado.

Por favor Sasha, ven rápido—chilla Kathy—.

—¿¡Qué demonios ha pasado con mis padres!?—Ladro con frustración—. ¡Dime!

Ellos murieron, Sasha. Están muertos.

Los deseos de vomitar se hacen presentes y el mareo de antes me da como una oleada de calor en la cabeza. Un escalofrío sube por mi espalda hasta mi nuca, dejándome un dolor punzante en la nuca. Vomito. Bilis y nada más que una amarga bilis que me quema la garganta. A Karla se le van las fuerzas y cae de rodillas en el suelo, con su rostro pasmado de la impresión, muda y sin saber que hacer o decir. Una cólera me invade y los deseos de destrozar regresan, las ganas de gritar y maldecir me llenan cada centímetro del cuerpo y logro percibir como mi alma se ennegrece. Comienzo a caminar, hundido en mi impresión y silencio, en dirección del instituto.

—¿Sasha…?—me llama Karla con un hilo de voz quebradizo.

La ignoro. No quiero, no quiero… ¡No quiero por un demonio seguir con esto! ¡Mi vida apesta! ¡Me odio! ¡Los odio a todos! ¡Detesto esta estupidez que tengo por vida! ¡Odio esta maldita sensación de que todos se alejan! ¡Odio ser quien tenga que cargar con tanto peso! ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué yo!? ¿¡Por qué maldita sea existo si solo es para esto!? ¿¡Para ser una mierda de ser humano con una asquerosa vida que me hace sufrir!?

Acelero mi paso y comienzo a dejar a Karla tras de mí. Si me detengo, si me paro a escucharla, si me doy el tiempo para que me consuele, entonces estallaré en rabia y le diré tantas cosas que no se merece.

—Sasha, espera…—masculla Karla, con una voz que se ahoga por la distancia.

Comienzo a correr. Rápido. Más rápido. Ya no la necesito. Mis piernas impulsan mi cuerpo entre la oscuridad y no sé hacia dónde me dirijo. Ya no la ocupo más. Las estrellas brillan en el cielo y los arboles susurran cuando el viento los mece. Mi vida… ya no la necesito.

El sonido de mis pisadas se pierde en el suelo mientras corro a mucha velocidad y mi respiración agitada deja escapar nubes de vaho. El cansancio hace arder mis pulmones y mi nariz. Comienzo a llorar. No sé de qué. No sé por qué. No sé por quién.

Vamos, Sasha. Hazlo.

Esa voz en mi conciencia que me repite una y otra vez algo que ya sé. Necesito que me deje en paz. Si no lo hace entonces voy a recapacitar y me detendré. No quiero hacerlo. ¡No quiero, por un demonio!

Llego hasta el instituto y entro corriendo por el jardín de la entrada. El silencio de la noche es tan suicida que solo acentúa mis lágrimas y mi angustioso corazón.

Ya no soporto nada.

Me dirijo hacia las escaleras que hay detrás y me salto la valla de seguridad, subiendo apresuradamente cada escalón a pesar de que el aliento ya no me da para más. Paso el primer piso, el segundo, el tercero…

Ya no necesitas más esto, Sasha

Cada paso que doy, cada angustioso segundo que pasa, cada respiro cortado que tomo, todo se arremolina y no dejo que me hagan razonar. No voy a permitirlo. No otra vez.

Lo siento Karla…

Llego hasta la azotea y corro hasta el fondo, donde esta no está rodeada por la valla de cedazo que por seguridad han colocado. Cruzo el jardín que Kiwi ha cuidado con tanto empeño en el techo. Las flores están marchitas, todo está muerto… ya está el invierno aquí.

Perdóname, Cori… la promesa, no podré cumplirla.

Me paro en el borde de la azotea, con mis brazos extendidos y dejo que el viento me atraviese cuando sopla, frio y susurrante. Abajo, el matorral de hortensias aún no ha desaparecido del todo. Aún hay unas cuantas flores purpuras que tratan de resistirse al gélido ambiente.

Ya no necesito más esto, ya no vale la pena. Mi vida… ya no tiene razón.

Inclino mi cuerpo hacia adelante, sin vacilar, sin miedo, sin remordimiento, sin dudas… y el vacío comienza atraparme, a arrullarme y a hacerme parte de él. Entonces escucho a alguien gritar mi nombre, jadeante, tan cerca de mí y tan familiar. Karla.

Ella envuelve mi cuerpo entre sus brazos, un cuerpo que ya ha dejado de rozar el borde de la azotea, y ambos nos lanzamos a un vacío frío y oscuro. Esto no debería de suceder. Esto no tendría que estar pasando. Ella no debería de hacer esto. Ella no se merece nada de eso.  Ella no va a morir esta noche.

Envuelvo a Karla entre mis brazos y en mientras caemos en este glacial vacío la coloco a ella sobre mí, abrazándola con firmeza. Lo voy a hacer, voy a morir, voy a dejar mi vida escaparse y desvanecerse, pero Karla no se merece nada de esto. Ella debe vivir. Ella va a hacerlo.

Unos segundos pasan, unos segundos que se me hicieron eternos, transcurren silenciosos. Las imágenes de momentos cruzan al azar por mi cabeza. Un atardecer, un lago, André saludándome, Kathy sonriéndome, un canario azul, Cori mirándome con sus ojos verdes y cogiendo mi mano, Tránsito diciéndome buenos días, mis padres llegando del trabajo, mi abuela leyéndome un libro, Khana corriendo junto a mí, Karla… nuestro beso.  Y al final, todo se resume a una negrura desoladora. Solo escucho un sonido sordo, un  golpe seco y un gemido. Mi vista se torna más negra que la noche, no hay dolor. No hay tiempo. No hay tristeza. No hay remordimiento, no hay culpa…mi existir ha llegado a su fin. Mi tiempo terminó. Ya no soy nada.

Esta fue mi vida…

Ending: 


Autor: Luis F. López Silva
Todos los derechos reservados ©

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